Me estoy quitando

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Ya conocemos el reverso de las redes sociales, su vocación de tribunal por momentos inquisitorial, casi siempre caótico, donde ni siquiera resulta necesario recabar información para firmar sentencia. Lo conocemos porque, en mayor o menor medida, todos hemos participado alguna que otra vez en esos ajusticiamientos apresurados que pueblan Twitter. Yo, como cantaba Tabletom, me estoy quitando («solamente me pongo de vez en cuando»). La semana pasada le tocó recibir la furia 'tuitera' a Dani Rovira, que ha pasado de ser considerado un héroe local por promocionar Málaga en los Goya y recomendar a Tim Robbins y Juliette Binoche las albóndigas de un bar del barrio de la Paz a convertirse en paisano no grato para muchos, paradójicamente cuando la Diputación lo nombra Hijo Adoptivo. Unas declaraciones deformadas hasta lo picassiano en las que criticaba la tauromaquia bastaron para lanzar a la hoguera de la crispación general no solo una opinión puntual y tergiversada, sino también su trayectoria como actor.

No admiro especialmente el trabajo de Rovira, pero su linchamiento me parece injusto, y maquillarlo bajo el barniz de una supuesta crítica profesional resulta además tramposo, pero la hoguera necesita madera para seguir ardiendo. Esta semana le ha tocado el turno al juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, un hombre que lleva años luchando por proteger a los más jóvenes, aunque esa protección no pase por reforzar la esfera de complacencia que crean muchos padres y madres sino por introducir valores como la empatía, la solidaridad o el arrepentimiento, saltándose cuando hace falta los límites de la mojigatería y la corrección política, porque entre tanta finura de piel olvidamos que sigue siendo necesario hablar claro para hacerse entender.

Calatayud dijo en un programa de Televisión Española que las niñas «se hacen fotos como putas». La frase resulta deplorable, tanto fuera como dentro de contexto, pero analizando su discurso completo cualquiera comprende que se trata únicamente de una salida de tono, un error en las formas que no deslegitima el resto de su mensaje, que no es otro que advertir sobre el retroceso que supone la nueva cultura hipersexual que, como explica Rosa Belmonte, reduce el éxito femenino al atractivo, haciendo un flaco favor a siglos de lucha feminista y a los intentos de derribar estereotipos, esos corsés sociales que, de tan prietos, llegan a asfixiar a miles de adolescentes cada día. Pero qué importa eso si a cambio ofrecen mecha para seguir incendiando Twitter.

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