Por ahora

¿A qué quieres que te gane?

No es fácil sacudirse el pesimismo que arrastramos y que siempre acaba por aparecer, como la dermis bajo la epidermis

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Javier Fernández, campeón de Europa de patinaje artístico por sexto año consecutivo. Necesariamente se oye hablar de España. El izado de bandera y la interpretación del himno hacen evocar a esa comunidad del sur europeo, a ese país milenario cuya rabiosa actualidad a veces hace tapar su historia, sus logros y su protagonismo. Todo es relativo, si Nadal, Muguruza, Marín, Sainz o Gasol conquistan laureados o llevan a cabo sus hazañas, algo en España se agita con orgullo y pertenencia. Si España desbanca a USA del segundo puesto de la lista de países más visitados o más turísticos, parece como si existamos. No es fácil sacudirse el pesimismo que arrastramos y que siempre acaba por aparecer, como la dermis bajo la epidermis. O si España crece o crea empleo con cifras realmente importantes, aunque aún falte, no es mala cosa reconocerlo y mirar con ánimo lo que viene.

Nunca se debieron ceder o transferir determinadas competencias, como la educación o como algunas otras cuya cesión trajo como consecuencia la atomización de normas o la artificial reconstrucción de la historia común. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a que sea una policía autonómica, una policía regional, la encargada o competente para hacer frente a la amenaza terrorista internacional? Tal y como vino a ocurrir con los atentados de Cambrils y Barcelona. Ello sin entrar al auténtico dislate que supone que tanto Ertzaina como Mossos hayan llegado a tener emolumentos muy por encima de Policía Nacional y Guardia Civil. Algo que podrá ser explicado como se quiera, pero cuya realidad no tiene el más mínimo sentido. Tener que recurrir a auténticas medidas heroicas, como la equiparación salarial de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o aprobar leyes y medidas para recuperar el mercado único nacional, ponen en evidencia la acumulación de errores cuyo efecto ya se ha hecho intolerable.

Hoy el Estado ha de afrontar el gobierno ordinario de las gentes y las cosas y también una profunda corrección de dinámicas y vericuetos que nos llevan a situaciones chuscas e irrespirables. Esos brotes de nacionalismo irracional como en Baleares, asfixiando la enseñanza o hasta el propio uso de la lengua española, esta ola pancatalanista de algunas fuerzas políticas en la Comunidad Valenciana o ese anuncio de la cooficialidad del bable en Asturias no son sino nuevos escenarios del adefesio. La cultura es una bandera de recurso fácil también para cometer tropelías.

En estos días se habla de reforma constitucional, de modernización o adecuación a unos tiempos nuevos de nuestra Carta Magna. Lo importante es que, tras estos anuncios, comisiones parlamentarias o establecimiento de diálogos, no pueden esconderse más errores, más medidas sorprendentes o irrazonables. Ni una diputación es ni debe ser un escenario institucional de una república federal, ni ahora ni nunca, ni podemos seguir escribiendo la historia con trampas, cada uno en su lugar, poniendo tinta allá donde los genes o el supremacismo quieran establecer sus reales. La inmensa responsabilidad contraída por los llamados partidos constitucionales debe compadecerse en sus acciones u omisiones con la crucial tarea encargada por sus electores, a los que no se puede ni debe defraudar. Democracia y autogobierno sin comulgar con ruedas de molino, no es tan complejo.

A veces parece que la cita bíblica de la Torre de Babel tuvo lugar aquí o está por venir a este país. Mejor será que no llegue, que plantemos las bases para impedirlo, es hora ya de no dejarnos manejar por esos pequeños reyezuelos, Mas, Puigdemont, Baldoví, Colau, algún que otro peneuvista, Oltra, Barcos, etc. y etc. que se desenvuelven como si su obra -realmente irresponsable, infundada y destructiva- fuera de origen sagrado. Ahora te impido rotular en la lengua oficial, ahora te expulso del parlamento por no intervenir en euskera, ahora te quito puntos para obtener una plaza de médico por no tener el nivel que se me pone en catalán, mallorquín u occitano. O ahora te pongo a hablar en vasco en toda Navarra, incluso donde nunca se usó a lo largo de la historia, pero a mí se me antoja, junto a la bandera de la comunidad de al lado, porque yo quiero.

¿Y si cambiamos la dinámica y nos vamos sin complejos por el camino que quiere la mayoría llena de razón?

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