Puigdemont en su propia trampa

DIEGO CARCEDO

Carles Puigdemont calculó mal los riesgos cuando huyó de España y, como suele ocurrirles a muchos evadidos de la Justicia, cuando se creyó a salvo acabó traicionándole el exceso de confianza. Analizando lo que fueron estos meses en búsqueda de un exilio político, o bien no calculó los pros y contras de su escapada o estuvo mal asesorado, a pesar del dispendio en abogados que él o los suyos hicieron o, si le asesoraron bien, en su engreimiento no les hizo caso. Sólo así se explica cómo acabó cayendo en manos de la Justicia europea y, previsiblemente, pronto lo estará de la española.

Quizás el primer error de Puigdemont y sus corte fue desdeñar la advertencia que se les hacía de que el golpe secesionista que intentaban no iba a ser aceptado por la Unión Europea en cuyo marco paradójicamente querían perpetrarlo. La impunidad internacional con que soñaba y arropado por la extrema derecha separatista flamenca y la aparente pasividad de las autoridades españolas, acabó engañándole. Sus seguidores, que acudían en masa a respaldar sus iniciativas y escuchar sus órdenes, le hicieron creer que todavía tenía poder. Crasa ingenuidad.Mientras en Cataluña sus compañeros de aventura política sacaban a flote sus odios y diferencias, en las noches de su ostentosa residencia de Waterloo él quizás soñaba con convertirse en el sucesor de Tarradellas. Se sentía seguro imaginándose todavía presidente de una República inexistente. Incluso se propuso recorrer Europa tratando de convencer con sus argumentos. Las dos primeras excursiones, a Dinamarca y Suiza, le salieron bien. Cuando ofrecía conferencias de prensa, ¿cómo iba a recordar que en Barcelona las fuerzas del orden y los jueces seguían descubriendo y acumulando pruebas sobre las violaciones de la Ley que enfrentaba?

Sorprende que no estuviese alertado de que en cuanto los tribunales españoles activasen la euroorden de detención, ya no podría volver a moverse con normalidad por el territorio de los Veintiocho y que incluso su estatus en Bélgica empezaría a correr peligro. La primera iniciativa temeraria la cometió cuando viajó a Finlandia, un país lejano y desconocido para el grueso de los españoles, pero un país serio y culto, con una observancia de la Ley estricta. Un artículo en su Código Penal condena el separatismo. (Existe en el Norte del territorio). Los expertos en derecho internacional opinan que es uno de los países donde la extradición habría sido más sencilla y rápida. El expresident de la Generalitat parece que se enteró del peligro que su libertad corría y huyó por pies. Evitó el control de los aeropuertos y acabó entrando por carretera en Alemania, el país más importante de la UE, donde incluso están prohibidos los partidos independentistas. Su Código Penal inspiró a los juristas españoles de la Institución Libre de Enseñanza, encabezados por Jiménez Asúa, que redactaron el español en los años treinta.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos