¡Puigdemont va desnudo!

FRANCISCO APAOLAZA

El cuento de Cataluña lo hizo popular Hans Christian Andersen y se titulaba 'El traje nuevo del emperador'. Los hermanos Farabutto convencen a un rey de que pueden confeccionar para él la tela más suave y ligera creada jamás, aunque no será visible a ojos de los inútiles para su cargo. Obviamente, la tela no existe y los sastres se quedan con todo el dinero que destina la corona a su invento. El rey, por su parte, sospecha del engaño, pero no se atreve a abrir la boca por no parecer un inepto. El rey sale a desfilar, desnudo y así lo ve la ciudad entera, incluido el propio rey, pero nadie dice nada por temor a quedar como un imbécil, así que durante buena parte del trayecto, se mantiene el engaño. Esto sucede hasta que un niño de entre la multitud grita: «¡Pero si va desnudo!», y entonces sucede el desastre. La ciudad entera se rinde a la evidencia y el rey termina el desfile entre las risas de sus súbditos, caminando en el más estrepitoso ridículo.

El cuento se ajusta tanto a la naturaleza de las sociedades que prende en las tradiciones literarias de muchísimas culturas distintas y lejanas. En la turca, por ejemplo, y en la de Sri Lanka, donde siete estafadores llegan a la corte de un rey tonto. Los vendedores de humo son la CUP y ERC y el rey tonto, imaginen. Aquí se riza el rizo cuando el propio rey forma a los estafadores: Mas amenaza a Moncloa con un referéndum a cuenta de la fiscalidad catalana y la presidencia se le convierte en un episodio de la tercera temporada de 'Fargo'.

En la propia cultura española existe una versión antiquísima de esta historia que recogió el infante Don Juan Manuel en 'El conde Lucanor' allá por el siglo XIV. El propio Miguel de Cervantes lo incluyó en su 'Retablo de las maravillas' y en ella, si uno no veía la tela es que no era cristiano viejo, aka el 'seny'. La versión cervantina termina a palos.

Hay dudas sobre la manera en que concluye el cuento catalán, aunque existe un moderado consenso en que terminará mal. Propongo un final. Las esteladas ondean al viento puro que sopla desde las cumbres pirenaicas hasta las tierras solemnes del Ebro. De entre ellas emerge la voz de un niño, imagen descarnada y frágil que representa a la lógica. Y grita «¡Puigdemont va desnudo!». «Sí, ¡pero qué pelazo!», responde la masa a coro, y ese primer punto de consenso resulta innegable.

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