EL PUERTO

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

CUANDO en Marbella se menciona 'el puerto' nadie duda que se está uno refiriendo a Puerto Banús. En el golfo de Cádiz, en Jerez, el puerto a secas es el de Santa María y en Chile, es Valparaíso pero ésos son otros cantares. Mi amigo Jorge ha escrito y publicado, después de una intensa investigación, seguro, un volumen que ha intitulado de manera bastante explícita: Puerto Banús, Historia de un ambicioso proyecto. Es un librito delicioso, muy bien redactado, se lee con delectación en un ratito y se sale con el pecho lleno de satisfacción pero también de un poco de nostalgia por épocas que difícilmente volverán. Fotografías, muchas y originales. Una mezcla abigarrada de actores de cine, aristócratas, personajes de esa ciudad y el sempiterno príncipe que tanto hizo para ponerla en el mapa. Cuenta anécdotas que me resultaron desconocidas y pondera, como no podía ser de otro modo, la figura insigne del que le dio su nombre. Lectura indispensable.

Y, además, muy oportuna. Durante la semana pasada saltó a una cadena de televisión de ámbito nacional un reportaje malévolo, como casi todos los que aluden a esta perla. Se decía que un sitio famoso por su glamour, ése era el término que se empleaba, se había transformado en una especie de barriada donde los borrachos se agredían en la puerta de las discotecas. Una y otra vez aparecían imágenes de unos fulanos que se pateaban en el suelo con entusiasmo mientras las acompañantes intervenían también, luciendo muslamen, con energía. Nos ilustraban con una oferta interesante que parece que circula por ahí: un fin de semana con consumo ilimitado de alcohol por la módica suma de doscientos euros. Te recogen en el aeropuerto y te encierran en un tugurio mientras ingurgitas garrafón, me imagino, porque por ese precio no se puede pedir mucho. Las imágenes eran del puerto y se insistía que además de ebrios encontrabas allí nada más que prostitutas e indeseables. Mientras tanto, se penaliza el torso desnudo al que se le ha bautizado con un nombre de lo más original y a los que van en bañador por la calle o enseñando zonas del cuerpo que es más estético reservar para otros sitios y ocasiones. Me parece una iniciativa digna de aplauso que ojalá prospere y se pueda exigir.

Este turismo de alcohol, discoteca y consumo de sustancias creía yo que se dirigía preferentemente a otras zonas de la península e islas adyacentes pero parece que se extiende y llega también a esas latitudes. Hay que tomar medidas, no sólo bebidas. El tema tenderá a agravarse porque los visitantes se están viendo amenazados en su propio territorio. No sabía yo que nada menos que en Glasgow radica el mayor número de alcohólicos de Europa y que la esperanza de vida es la más breve del continente. Generalmente a los estados les importa poco que la gente se muera cuando le viene en gana pero sí se preocupan mucho si antes de fenecer dan la lata con hospitalizaciones, enfermedades de larga duración y tratamientos caros. Ahí les duele y se afectan los presupuestos sanitarios. Pues en Escocia, hartos de tanto borrachín han adoptado una política que fomentará la emigración etílica. Han decidido subir drásticamente los precios del whisky -producto nacional por excelencia- y demás compañeros. Nada menos que al doble de lo que costaban antes. Si ya para los estándares patrios meterse entre pecho y espalda una modesta cerveza en el Reino Unido era una experiencia onerosa, a partir de ahora será un escándalo. Cuando corra la voz que por el precio de una se beben aquí cinco o seis se sabrá hacia donde deben dirigirse los pasos.

En España las copas son muy baratas y no digamos nada de las botellas que se adquieren en los supermercados. Por unas cantidades muy módicas cualquiera puede ponerse ciego y pasar una noche toledana. No es cosa tampoco de transformar el alcohol en una especie inalcanzable. Ya se puso en práctica esa idea hace casi un siglo en los Estados Unidos enmendando la constitución nada menos y promulgándose la Ley Volstead que en sus trece años, o así, de vigencia, no sirvió para nada más que fomentar las organizaciones criminales. Pero tampoco es bueno que se regale o que un litro de vino valga menos que uno de gasolina o de leche.

Como todo es contagioso menos la hermosura, aprovechemos de brindar por esta nueva e interesante publicación, con moderación, por supuesto, ahora que todavía se puede.

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