Sin ir más lejos

Protocolos de soledad

El del ictus se va a revisar, pero el del paciente solitario seguirá inmune a la megafonía sin rostro

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La cuna inglesa del vapor que hace tres siglos empujó la revolución industrial ve nacer ahora una iniciativa para tratar de cambiar verdades incómodas de la sociedad digital. No siempre las ideas de arriba a abajo hacen historia pero esta podría traer bajo el brazo formas de bienestar nacional aunque no sumen en el PIB con la contundencia de pañales, antidepresivos, salvaescaleras, prótesis y audífonos. May ha creado desde la frialdad del poder una secretaría de Estado para combatir la soledad de los ciudadanos. La mera idea ya es un guiño con su primer golpe para pensar en la gran pandemia de la que los se nos advierte que no escaparemos la mayoría en los países desarrollados. Reducir el calentamiento global está muy bien, pero sin olvidar que el clima social se ha vuelto más frío pero nadie impone cuotas de abrazos. La conversación sin teclado se arrumba como esa otra vieja costumbre de envejecer en las casas con alguien cerca. El combate privado y global contra la obesidad es un monotema que no echa cuentas de tantos afectos congelados que se parchean a cualquier edad con el frigorífico como el nuevo sucedáneo hipercalórico del calor humano.

Para el ostracismo del Brexit en puertas se abre ahora la tenue posibilidad de que el continente no se quede aislado de los británicos por la niebla espesa que les confundió al votar. El espíritu práctico anglosajón lanza señales en la alta política y también en ese día a día triste de tanto ciudadano ensimismado a su pesar. No tienen quizás parientes ni familia política, y por eso una secretaria de Estado pueda hacer mucho. Son nueve millones de personas, sobre todo mayores, las que viven en una soledad no buscada y dolorosa, aunque quizás tenazmente trabajada día a día. Incluso en el último año, unos doscientos mil no han hablado con nadie excepto, se supone, con ese encuestador telefónico que se ha interesado por su situación para hacer el estudio. No siempre la estadística es fría, como tampoco esa llamada de teleasistencia, la única voz anónima que se interesa a diario por millones de españoles agradecidos. Un mundo urbano que permite conectarse con alguien a miles de kilómetros puede normalizar la invisibilidad del abuelo y hasta del vecino de rellano en estado de descomposición. Decimos soledad y pensamos en viejos sin colchón familiar, pero pocas veces la asociamos con los enganchados digitales y aún menos con cualquiera que un mal día acude a un hospital andaluz solo con su dolor. Semanas después de que una mujer muriera en el de Úbeda tras doce horas en una camilla, fallecía un hombre por ictus en Antequera. El protocolo en estos casos se va a revisar pero el del paciente solitario seguirá inmune a la megafonía sin rostro que se vuelve trámite homicida a poco que te marees. No nos vale como consuelo que haya gente para todo, incluso para levantar la vista del móvil y avisar de que al lado alguien agoniza en directo.

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