La Tribuna

A propósito de Bélgica

En asuntos de brutalidad, el inexistente país no puede dar lecciones a nadie. Y menos aún pedir explicaciones a una nación soberana, libre y democrática como el Reino de España

MARIANO VERGARA UTRERAABOGADO

El primer ministro de un país inexistente, llamado Bélgica, ha exigido explicaciones urgentes al Gobierno del Reino de España por la brutalidad y crueldad con que se han empleado la Guardia Civil y la Policía Nacional en defenderse de los ataques sufridos por parte de los sediciosos en Cataluña, intentando restablecer el orden constitucional.

Este país inexistente tiene un producto nacional, el mejillón, que representa a la perfección la configuración de estas tierras: cada una de las valvas serían Flandes y Valonia, la charnela sería la Corona y el bicho, Bruselas.

Este aburridísimo Estado, que se cree la quintaesencia de la democracia en Europa y el vigía de los derechos humanos en Occidente, mantiene desde que era parte integrante del imperio español un odio feroz por todo lo que les recuerde a España. Es uno de los más sólidos pilares de la leyenda negra. No voy a entrar en las posibles razones que tengan para ello, porque sería muy largo y complejo. Y, además, porque es cierto que el duque de Alba, aparte de un hombre culto y renacentista (que para mí es uno de los mejores calificativos que se pueden aplicar a una persona), no usó precisamente el grado de crueldad y brutalidad que monsieur Charles Michel achaca a nuestras fuerzas de seguridad, sino un grado bastante superior. Este señor, por cierto, guarda un asombroso parecido con las hormigas de Pablo Motos.

Cuando afirmo que Bélgica es un país inexistente no exagero. Hasta el punto de que el título oficial del rey no es el de rey de Bélgica, sino el de rey de los belgas. Y así está recogido en su Constitución, por exigencia de flamencos y valones. Bélgica, como tal, no existe. Por cierto, que no debemos olvidar que los flamencos de Flandes son uno de los pocos apoyos ciertos que tienen en Europa los sediciosos catalanes.

Durante la II Guerra Mundial, Bélgica (tengo que llamarla de alguna forma) sufrió la ocupación nazi, como casi toda Europa. Este país, en general, no ofreció una resistencia especialmente ejemplar, hasta el punto de que existió una llamada Legión Valona, creada por León Degrelle, valón, oficial de las Waffen SS, creador de un movimiento colaboracionista llamado Rexismo, que vivió muchos años felices en la Costa del Sol y que murió en Málaga en 1994. Lo digo porque en la orgullosa Europa democrática todos tenemos trapos sucios en la familia. Absolutamente todos. Pero hay más.

Los dirigentes de cada uno de los países machacados por la bota nazi se comportaron de formas muy diferentes unos de otros. Y el caso del rey de los belgas fue tan escandaloso que le costó la abdicación tras la liberación.

La familia real belga es una de las más rancias y beatas, en el peor sentido de ambos términos, de Europa. Herederos del rígido protocolo del ducado de Borgoña, que crearon el Toisón de Oro con la excusa del Vellocino de Oro de Jasón, cuando la intrahistoria sabe que se trataba del vello púbico de una joven.

Leopoldo III de Bélgica, casado en primeras nupcias con Astrid de Suecia, una de las reinas más bellas de la historia de Europa, muerta en un accidente de tráfico, casó en segundas nupcias con Lilianne de Rethy. Permanecieron tranquilamente en Bruselas durante la ocupación nazi y tuvo que dejar el trono a raíz de la liberación, acusado de colaboracionista, con absoluta seguridad. Y evidencia. Pero hay más.

Este traidor a una parte de su pueblo era nieto de Leopoldo II, uno de los seres más abyectos de la historia mundial, que, bajo una máscara de bondad, caridad y beneficencia, consiguió en plena era colonial, gracias a esa máscara, que el Congreso de Berlín de 1885 le cediera, a título particular, nada más y nada menos que el Congo, entonces llamado Belga. Como una finca particular que producía caucho y diamantes, utilizando mano de obra esclava. Bertrand Russell estimaba en diez millones el número de muertos. El relato de las atrocidades, el saqueo, los asesinatos y el latrocinio fueron espantosos, terribles, pero hicieron de la Corona belga una de las más ricas del mundo: el precio, con la ayuda de Henry Morton Stanley, fue un asesinato colectivo, un genocidio solo comparable al Holocausto, Stalin o Pol Poth. Esto ha sido celosamente velado por ese aburrido e inexistente país.

En asuntos de brutalidad, el inexistente país no puede dar lecciones a nadie. Y menos aún, pedir explicaciones a una nación soberana, libre y democrática como el Reino de España, que lo único a lo que aspira es a restablecer su Constitución en una parte del territorio nacional, dominado por los sediciosos, apoyados por los flamencos de la antigua Flandes hispana.

Fotos

Vídeos