Todavía es pronto

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Esta semana circuló por las redes un artículo de un veterano dirigente comunista, el señor Justiniano Martínez, que, durante el franquismo, fue encarcelado y torturado. Estaba escrito para agradecer el discurso que unos días antes otro veterano dirigente comunista, Paco Frutos, había dirigido a la multitud en Barcelona, y en el que criticaba a una incierta izquierda que, con sus mentiras sobre la Transición, está legitimando la estrategia del nacionalismo excluyente. El artículo tenía la fuerza de la verdad de una vida vivida y, con esa fuerza, conmovía. Después de leerlo lo impulsé por la misma red social por la que había llegado a mí, y lo acompañé de un breve comentario en el que decía que se puede improvisar un discurso pero no se puede improvisar una biografía.

Hace mucho tiempo, pero mucho, que los seres humanos comprendieron que podían venderse con las mismas técnicas con las que se venden las mercancías. También en política, especialmente en política. Basta con leer los consejos que, hace dos mil años, le dio Quinto Tulio Cicerón a su hermano Marco sobre cómo debía llevar a cabo su campaña electoral, para convencerse de que la cosa viene de antiguo. Desde entonces, además de las innovaciones que ellos mismos han hecho, los publicistas han aprendido mucho de los avances del conocimiento sobre la psicología humana. De modo que los estrategas comerciales y políticos cada vez cuentan con un arsenal mayor de conocimientos para llevarnos, dulcemente, del ronzal, casi sin que lo notemos, casi entregándonos por nuestro propio interés, nuestro genuino gusto, nuestra soberana voluntad.

Una cosa que no deja de asombrarme es cómo en las escuelas de negocios y de liderazgo enseñan, como una técnica, comportamientos que tradicionalmente han formado parte de la ética. No es que me parezca mal, prefiero que mi prójimo sea educado y respetuoso conmigo aunque solo sea por puro cálculo aprendido a que sea brutal y desabrido. Sin embargo, más pronto que tarde adivinas que el mensaje, o la llamada, preguntándote cómo estás responden al contenido de una hoja de cálculo en la que eres una fila más, y que esa llamada se repetirá igual de formal y burocrática cada equis días, o semanas, sencillamente para hacerte sentir que formas parte de algo de lo que en realidad no formas parte, salvo porque recibes esa llamada rutinaria. Y con esa llamada te sujetan con afectos, tus afectos, que nacen indebidamente, equivocadamente, de un ethos antiguo y humano que nada tiene que ver con el cálculo, ni con la mercadotecnia. Y caes en la trampa, y te sumas, pero no cuentas.

Los programas hechos a medida, los discursos impostados, los robots de Internet que disparan miles de mentiras por segundo, chocan de pronto con la verdad de un hombre que se levanta y dice: yo estuve allí, en la celda, en el potro de tortura, yo me enfrenté a la dictadura y conquisté la libertad de tus padres y la tuya, y no me puedes enterrar bajo tus mentiras, porque todavía es pronto para la desmemoria histórica.

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