Prometo

Alborán es la Málaga que late, canta, triunfa, se mantiene, aporta

JESÚS NIETO JURADO

Será jueves, otoño a nuestra manera, y la ciudad vestirá las mejores galas para uno de sus hijos predilectos. El otoño habrá llegado entre los dependes y los requerimientos. Saturados de estelada, con una vomitera de información sobre Cataluña, Málaga volverá al primer plano a cuenta de las musas, de la eternidad, de ese pararse el tiempo y sus miserias que es cualquier canción de Pablito Alborán. El resto podrá esperar, pues que el alma está por encima de todo, incluso del Estado Autonómico, de sus derivadas y de sus goteras.

Será jueves 19, y Pablo Alborán nos dará su madurez joven, su madura juventud, en esa zona de la ciudad que tiene un no sé qué de magia. El monte de Gibralfaro, sí; allá donde la novia se oficializaba como novia en los años de la moto y la mocedad. En esa roca entre pinos, balcón al mar inmediato desde donde llegan amortiguados los sonidos y el tráfago de la ciudad. Allí, este jueves, Pablito Alborán -amigos comunes, edad similar- pondrá en voz y en partitura, si no llueve, ese talento suyo que lo ha convertido en un clásico que dista de peinar canas. Será en Gibralfaro, lo reitero, pues todas esas montañas que besan el Mediterráneo, al Este de la Catedral, le son a Pablo Alborán retazos de una juventud que hace nada quedó atrás. Alborán es la Málaga que late, canta, triunfa, se mantiene, aporta. Una Málaga internacional que no pierde sus raíces, no, pero a la que se rifan en la Alfama de Lisboa y en los estudios musicales del meollo del cogollo del bollo latino: Miami. El jueves habrá entrado el otoño, yo estaré lejos; quizá lo que viene siendo el país esté más o menos erizado con ya saben qué tema. Dará igual la política y las miserias cotidianas. Esta ciudad y sus hijos predilectos saben estar muy por encima de las bajezas y de las cloacas que suelen constituir el presente. Bien saben Banderas y Alborán que más allá de cuatro rancios que huyen de la modernidad, de los cofrades de la hermandad del desconchón y el sempiterno cabreo, hay otra ciudad que se abre al mundo. Ciudad desdeñosa a veces, clamorosa siempre; ciudad que necesariamente hubo de parir a Alborán, a Banderas. Porque Málaga no es madrastra; si acaso es una madre distraída y amantísima donde siempre se vuelve porque a la orilla de su monte de Gibralfaro, de su castillo y de su cielo, todo lo sublime tiene su asiento.

Y es que yo ya he bicheado lo nuevo de Pablo Alborán, sí. No ha desdeñado nuestro paisano las venturas de las redes sociales, pero tampoco se ha quemado en su uso y abuso como bien han hecho otros de la misma industria (incluyo aquí a Piqué, latino 'indepe' y consorte). Prometo se llama su trabajo, y me van llegando comentarios de algunas fans talluditas que me insisten, repito, en la madurez y el mestizaje del crack. Prometo.

Pablo Alborán tiene ya su Olimpo, un Olimpo que se parece mucho a Gibralfaro. Lo ha reconocido la gran dama de la cosa del musiqueo: María Dolores Pradera. Ahí lo dejo.

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