Profe, ¿qué es una nación?

LA TRIBUNA

En el debate político su valor no viene tanto por la definición del concepto, sino por la intención con la que es manejado por los diferentes partidos y a veces por la calculada ambigüedad del legislador

Velázquez se comió las uvas en Málaga en 1648. Iniciaba su segundo viaje a Italia y formaba parte de una aristocrática comitiva que había de desembarcar semanas después en Génova. Sorprende que «la casa», que así llamaban a la que era una pequeña ciudad moviente, no embarcara en Barcelona dada la cercanía con la capital italiana. Pero Cataluña llevaba años de conflicto con la Monarquía de las Españas que entonces encarnaba Felipe IV, después de un abortado intento republicano con Francia de por medio. Mejor era emprender el camino del sur, más pacífico y soleado.

Viene esto a cuento del actual debate, más entre la clase política que entre la ciudadanía, sobre el estado plurinacional y la idea de España como nación de naciones. Se trata de un debate que, como se ve y a poco que se ahonde en la Historia, tiene raíces profundas; al igual que el término 'nación' tiene ramas frondosas, aunque recientemente ha aparecido como una cuestión de urgente y precisa respuesta en la inmediatez que exigen las cámaras.

Pues no. No tiene una fácil respuesta, hay que decirle al alumno avezado. Puedes consultarlo en la Wikipedia o en el venerable Larousse. Quizás te atrevas con algún sesudo texto de Derecho Político. O dar un paso más y comparar constituciones de rancio abolengo. Pero verás que el significado del término nación es variopinto y complejo. Y, sobre todo, que en el debate político su valor no viene tanto por la definición del concepto, sino por la intención con la que es manejado por los diferentes partidos y a veces por la calculada ambigüedad del legislador.

Desde el significado original, vinculado al nacimiento, y salvando eruditas referencias medievales, podemos ilustrar la nación con unas gotas de sangre jacobina, o darle solidez germánica. También podemos usar una perspectiva marxista; pero mejor ni mencionar la vocación fascista, ni hacer caso por estos lares a connotaciones coloniales, aunque algunos quisieran. Y, por supuesto, hay naciones 'con' y 'sin'. Soberanía, claro. De manera que el tema, a poco que se quiera reflexionar, puede poner al profesor en la necesidad de recurrir al angustioso recurso de «me alegro de que me hagas esa pregunta». No sería difícil resolver el embarazo dando una respuesta amable: una nación es un sentimiento. Pero hay alumnos persistentes y alguno podría caer en la cuenta de que existe la ONU, la Organización de Unidas (nótese la maldad de la cursiva) y preguntar si cada una tiene un sentimiento homogéneo. No sería reprochable que el profesor prefiriera decir a tan perspicaz alumno que la respuesta es muy larga y que mejor otro día.

Fuera del aula, sin embargo, están próximas las discusiones más ajustadas, tal vez bizantinas, entre los políticos proponentes. Las tertulias subirán, si es posible todavía, el nivel de decibelios a cuenta de quién es más nación y de los méritos habidos para ello. Podemos ahorrarles tan agotador debate sobre una palabra tan polivalente simplemente acudiendo a la lectura del Diario de Sesiones de aquel Congreso de los Diputados que acabó siendo constituyente. Apuntamos la fecha del 4 de julio de 1978 y una alineación en la que estaban, entre otros, Gregorio Peces Barba, Manuel Fraga, Jordi Solé Tura y Enrique Tierno Galván. Unos aficionados, vamos. Y que no insistan, por favor. Porque allí quedó recogida la más rigurosa erudición, el eco de la Historia, los argumentos ideológicos, las advertencias de rigor y los mejores deseos de solidaridad entre los pueblos de España. Es allí donde Peces Barba, como se viene recordando, hablaba de España como nación de naciones, aunque también conviene leer unos párrafos más arriba donde precisaba que la actual redacción del artículo segundo de nuestra Constitución podía ser la que resolviera de manera definitiva los problemas territoriales de España.

No fue buen profeta, está claro. Cuarenta años después, aquel artículo de alambicada y barroca redacción que conciliaba los conceptos de unidad, Nación, patria, autonomía, nacionalidades, regiones y solidaridad parece que no da más de sí. Se acabó el café para todos, dicen algunos. Y sin embargo, podríamos reeditarlo con el mismo propósito. La palabra nación, si no se admiten diferencias y asimetrías, no va a satisfacer a quienes las reivindican. En realidad, es difícil encontrar matices entre los conceptos de nación y nacionalidad, este sí reconocido en la Constitución. Cuarenta años después parece que volvemos a la casilla de partida, con España a la búsqueda de sí mismo, pero con aquel espíritu de consenso desaparecido.

Ahora se dirá el problema es otro y por eso hay que hablar de nación de naciones. Algunos pensamos que el problema es el mismo y no es otro que el encaje diferenciado de Cataluña en el Estado, que muchos quieren ver mejor como ruptura. Y es que la palabra nación puede dar para mucho, pero también para poco. En primer lugar porque cuando es el sentimiento el que parece invadirlo todo, después de tantos errores, resulta imposible oponer las evidencias racionales. La más cierta, que no cínica, es que detrás de cualquier problema nacional hay un vasto paisaje económico en forma de PIB, renta per cápita o infraestructuras, con la educación de fondo. La más amarga para muchos resulta de un devenir histórico que nos obliga, diría Ortega, a conllevarnos. En segundo lugar, porque si algo ha quedado demostrado es que la ambigüedad, aunque sea constitucional, no vale para siempre. Solé Tura (comunista y sin tilde) decía que si algo no puede ser la izquierda es ambigua. También, por cierto, es un pensamiento cristiano.

Nos queda el consuelo de que hoy Velázquez y su comitiva aristocrática se harían a la mar desde la Barcelona más universal. Pero la Historia, le dirá el profesor a sus alumnos, se escribe con mayúscula y continuará. Si estamos en la hora bilingüe, 'to be continued'.

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