Un procés de ida y vuelta

DIEGO CARCEDO

Poco a poco se va descorriendo el telón, los actores empiezan a aparecer vestidos de calle y la escenografía del procés catalán que durante los últimos meses nos mantuvo en vilo se confirma como una parodia independentista propia del creador más imaginativo de cine de enredo. Es una pena que para que ahora podamos empezar a sonreír viendo el desenlace, antes muchas personas hayan sufrido las heridas causadas a sus sentimientos, que la convivencia ciudadana se haya deteriorado en toda Cataluña, que la economía se haya visto gravemente afectada y que el ridículo de la representación, y sobre todo de sus protagonistas, nos haya sonrojado a todos.

Pero poco a poco, ya digo, conforme la normalidad en las calles vuelve a recobrar su ritmo habitual y muchos espectadores se encogen de hombres resignados ante lo pasado, la realidad de la trama que tantas mentiras encubría se va desvelando. Ana Colau, la veleidosa alcaldesa de Barcelona, que tantos apoyos y aplausos prestó a la representación, ahora es su principal crítica. Ante las elecciones del 21 de diciembre, exige a quienes pocas horas antes consideraba gobierno legítimo de la República que había aceptado, que expliquen por qué engañaron y tensionaron a la gente. «Hicieron una DUI (Declaración Unilateral de Independencia), desaparecieron y dejaron al país solo», sentenció.

Algunas de los que participaron con su inspiración, respaldo y firma tampoco la desmintieron. ERC reconoce que ni el Govern ni el país estaban listos para la República. El que fue conseller y aspirante a delfín hasta el penúltimo minuto de la farsa, Santi Vila, reconoció después de su paso fugaz por la prisión que las llamadas leyes del referéndum y la desconexión que el Parlament improvisó como quien se salta un semáforo en rojo, fueron un sinsentido. Lo cual coincide en la práctica con la actitud de la presidenta de la Cámara Autonómica, Carme Forcadell, que tras pernoctar una noche en Alcalá Meco, asumió que la aplicación del artículo 155 de la Constitución para frenar el golpe secesionista fue correcto. Hasta la CUP en su rebeldía congénita ha aceptado participar en las elecciones a pesar de que en su criterio son ilegítimas.

Dar por bueno lo ilegítimo y lo ilegal choca pero tampoco debe de causar sorpresa: todos los protagonistas del procés, por muy arrepentidos que ahora se hallen, estaban acostumbrados a hacerlo como si se tratase de algo normal ni de consecuencias futuras. Con todo, la caída más brusca del caballo la ha sufrido en su periplo errante el ex President Carles Puigdemont quien, tal vez aburrido en su auto alejamiento de la escena donde perpetró el papel principal, se ha rendido al pragmatismo y ha confesado al periódico belga “Soir” que ve posible una solución para la relación entre Cataluña y España que no sea la independencia. Al leerlo uno de pregunta, ¡coño, y por qué no lo dijo antes?

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