Problema y ¿solución?

IMANOL VILLA

De un tiempo a esta parte se ha instalado en la política española la insana creencia de que el tiempo lo cura todo. Con fe en ese parecer popular de lo irremediable, tanto la derecha como la izquierda han fiado la solución del problema catalán al tiempo y al «ya veremos». Y así, en el Partido Popular se aferran a la estrategia del 'wait and see', mientras que desde la izquierda, además de jugar con el tiempo, van desde la apuesta por los juegos lingüísticos de lo plurinacional y lo singular -véase el PSOE- hasta el 'laissez faire' de los que están seguros de que en el límite del mal, el referéndum, está la solución -creencia actual de Podemos y sus confluencias varias-. Todos juegan, de una u otra forma con el tiempo, pero ninguno de ellos aporta soluciónque desactive un proceso, esperpento a estas horas, con tal dosis de incertidumbre que hasta el más sensato prefiere no pensar en lo que pueda llegar a ocurrir en octubre.

Algo se hizo mal en el pasado. De eso no cabe la menor duda. No se puede negar que los catalanes fueron humillados y ninguneados por una derecha que mantiene el pensamiento de que el único nacionalismo posible es el patrio, es decir, el español. Eso no puede ser. Sin embargo, y pese a que no les falte razón a todos esos catalanes que claman contra España, no es menos cierto que el proceso huele tanto a patriotismo rancio, con hechuras de la tierra, que cuesta creer que de verdad aspiran a una república independiente en la que en consenso político sea el pilar de una nación. No hay más que ver qué actores se sitúan en el escenario de esa Cataluña rebelde. Ahí está, en primer término, un president surgido in extremis para forzar un pacto contra natura y que representa a un partido que tuvo que cambiar de nombre porque el anterior olía demasiado a podrido. Junto a él, la irreductible Esquerra, empeñada en hacer historia y volver a los años 30. Les encanta proclamar la república catalana. Si por ellos fuera convertirían ese acto en el día de la marmota del independentismo. Todo el rato con vivas a la república, catalana claro. Y dándoles cobertura de mayoría está la CUP, partido de extrema izquierda que, además de la independencia, quiere que la Catedral se convierta en economato. ¿No es todo esto más un esperpento que un proceso político serio?

No extraña, por quiénes son los actores, que el referéndum no goce con los más mínimos criterios democráticos, ni en su convocatoria, proceso ni valorización como acto de expresión popular. Es un ejercicio a la desesperada. Por eso hay 'deserciones', porque es todo tan ridículo, tan forzado que no merece la pena quedar en evidencia, no solo delante de España, sino delante del mundo. Y sin embargo, el problema está ahí, a la espera de una solución de unos u otros. Urge darle una solución que, evidentemente no pasa ni por esperar ni por adjetivar ni por dejar que todo fluya hasta la consulta. La solución ha de ser otra y lo peor es que cada vez queda menos tiempo.

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