De lo privado y lo público

Asistimos, a través de las redes sociales especialmente, a un festín de la depravación de nuestras intimidades y privacidades en connivencia con las televisiones y otros medios

Muchos recordamos las ejemplares clases de literatura del profesor Juan Carlos Rodríguez en la Universidad de Granada, a la sazón inspirador de la nueva sentimentalidad en Álvaro Salvador, Luis García Montero o Javier Egea. Él llegó a revolucionar la óptica de la historia de la literatura, nada que ver con las anquilosadas ideas de Juan Luis Alborg y su deliciosa prosa, el cual ilustraba con magníficos colores nuestra historia literaria a través de unos pesados volúmenes, cuya lectura resultaba mucho más entretenida y ociosa que didáctica. Era como el NODO de nuestra revisión literaria. En cambio, Juan Carlos Rodríguez profundizó, a partir de postulados marxistas (cuestionables y ocurrentes), en la creación de una nueva concepción de los estudios literarios. Para empezar él concibió la obra literaria como un producto de un determinado contexto social (materialismo-histórico). Se cargaba de un plumazo la visión decimonónica de la creatividad, la inspiración y todo el halo poético-romántico que ha acompañado a los escritores y poetas, cuyas señas de identidad han calado en el acervo cultural de nuestra civilización: es esa imagen del escritor sabelotodo, bohemio, romántico empedernido, dandi, contradictorio, controvertido y genial. Algunos mantienen esos ademanes impostados día y noche para satisfacción de sus lectores/fans y para indignación de la burguesía bien-pensante. JCR no estudiaba al escritor sino su obra y su contexto.

Igualmente de él parte la idea de la concepción que nuestra civilización occidental mantiene sobre los conceptos antagónicos público-privado. Él postulaba que la idea de la privacidad y lo privado acompaña al surgimiento de la burguesía en Europa y al ocaso del feudalismo. El concepto de propiedad privada lo creó la burguesía junto al intento de proteger todas sus pertenencias, propiedades y haciendas (incluida la propiedad intelectual). Este concepto materialista invadió igualmente el área particular y personal, como por ejemplo la relación con la esposa y la familia, que pasaba a formar parte del patriarca, es decir, se consolidaba como algo privado. La gente sigue diciendo mi mujer/marido, mis hijos, mi casa... Esto para nosotros es tan normal que difícilmente nos lo cuestionamos. Durante la Alta Edad Media estas fronteras estaban mucho más difusas y la familia, esposa e hijos, pertenecían al señor feudal. El padre o esposo no se cuestionaba por ejemplo el derecho de pernada. La supuesta humillación del macho es tan sólo una revisión burguesa del hecho en sí. No existía aún la frontera privado/público en la mentalidad ni en la cultura de esos tiempos remotos. Se creó, pues, al concluir la Edad Media y con el advenimiento de las ideas humanistas e individualistas, o sea, la consideración del hombre como centro de la creación y del universo, esto es, Antropocentrismo.

JCR ha podido asistir al momento histórico en que se tambalea esa dicotomía privado/público que se ha estado manteniendo a lo largo de tantos siglos. No tanto en lo material como en lo intelectual y sentimental. Ha sido el fenómeno de internet y el ciberespacio lo que ha contribuido a ello, especialmente las redes sociales y toda la revolución tecnológica, incluidos los smartphones, desde los cuales podemos enviar mensajes y fotos que, teóricamente, puede ver medio mundo. Nuestras instantáneas más íntimas vuelan desde España a Australia en cuestión de microsegundos. Esto es nuevo en la historia de nuestra civilización y aún no somos conscientes del enorme daño (o quizás beneficio) que puede socavar en nuestra moral y en nuestra herencia cultural.

Asistimos pues, a través de las redes sociales especialmente, a un festín de la depravación de nuestras intimidades y privacidades en connivencia con las televisiones y otros medios de comunicación que está recibiendo el menor desde su propio entorno familiar, por cierto. Son ellos los más vulnerables, en muchos casos ya no saben distinguir entre público y privado porque ni siquiera sus propios padres lo hacen. Los programas de TV (llamados basura) siguen claramente esa línea, por lo que este cambio está calando en toda nuestra sociedad. Sólo hay que ver con qué desparpajo se cuelgan fotos de nuestros hijos, instantáneas familiares que en su momento eran claramente privadas, fotos íntimas de nuestro cuerpo que pueden dar la vuelta al mundo, incluso en la cama con nuestras parejas. Se relatan episodios manifiestamente privados como la muerte, la enfermedad de un familiar o el despido de un trabajo. Y en esta proclamación orgiástica se tiende igualmente al destape de nuestras ideas o inclinaciones políticas y religiosas sin pudor alguno. Luego habrá quien se introduzca el día de las elecciones en la cabina porque el voto es secreto, cuando todo el Facebook sabe lo rojo o lo facha que es usted, espero que se aprecie la ironía, y es que resulta incluso sarcástico el striptease ideológico al que se somete uno cada día.

Necesitamos más tiempo para saber en qué va a acabar todo esto, ya que ha irrumpido en nuestras vidas con tanta celeridad que no sabemos cómo gestionarlo ni asumirlo. Estamos asistiendo al momento histórico de la ruptura ideológica y sentimental de lo privado y lo público.

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