Presos de la realidad

FRANCISCO APAOLAZA

Mimí y Rodolfo en la buhardilla de La Bohème nos enseñaron que cualquier amor, por imposible que sea, aguanta hasta que llega el otoño. Andábamos hasta ayer suspendidos en las ensoñaciones más o menos veraniegas de este agosto que se resistía a morir y, de pronto, los niños llegan tarde al colegio, comienzan los anuncios de perfumes y por la M-40 jadea la yegua cansada que a veces galopa por los anillos de Madrid. Hasta a Puigdemont, que desde hace meses acude al trabajo a lomos de un unicornio, le ha recorrido un escalofrío cuando ayer la radio decretó 140 kilómetros de atascos en la capital de España y los informativos contaron que una jueza había decidido prisión incondicional para los Jordis.

Octubre impío. Octubre de trena. En los bolsillos de los abrigos esperan los tesoros y los kleenex que creímos haber perdido en marzo. Alguien confirma que si se convoca una manifestación para detener a la Guardia Civil, se cerca a sus agentes, se sube en sus todoterrenos desvalijados y vaciados de armas y desde allí arriba se arenga a las masas, es probable que noviembre le sorprenda en Soto del Real. No hay presos políticos; solo hay presos de la realidad. Dice no sé qué Otegui en Twitter. Yo digo que los últimos presos políticos en España fueron Ortega Lara, Iglesias Zamora y Miguel Ángel Blanco. Menos bromas. Recuerdo ahora aquella Donosti de los 90 de plumíferos, pasamontañas, pedradas y goma dos, con las olas de noche pasando por encima del Paseo Nuevo como un flequillo de espuma y algas. Toda aquella escenificación de la fantasía de la barbarie se me está haciendo demasiado familiar. Se vienen todas aquellas lágrimas y todo aquel terror que tragamos, sujetos con determinación en la frontera desdibujada de lo correcto, sin mensajes, sin lágrimas, sin Help Catalonia, y ahora asisto desfondado a este espectáculo astrológico que pretende poner en duda aquello: el 78, el espíritu de Ermua, el lazo azul, los cristales rotos de la librería Lagun. Durante todo aquel temporal del noroeste estuvimos tan perdidos. Solo contábamos para salvarnos con el faro del Estado de Derecho que ahora intentan apagar en Barcelona. Alguien ha pensado que -sin fronteras, sin dinero, sin mayoría, sin Europa, sin razones- se podría tener la independencia y ahora... Alguien pensó que el otoño no llegaría nunca. Circula por Tudela la historia de uno que un día dijo que sabía volar, se subió a la torre de la catedral de Santa María y se tiró. Entonces, el hombre se levantó y excusó el accidente: «Yo volar, sé. Lo que no sé es posarme». Otoño es posarse.

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