Premisas para una reforma constitucional

Parece que nos avergüenza decir España; a costa de creernos cualquier leyenda que nos permita sentirnos ilustrados y modernos

La clave de la permanencia de nuestra Constitución de 1978 - celebraremos sus cuarenta años al final del presente- es que fue fruto de ese arduo compromiso que se llamó Transición Política. Transición que fue pacífica y de efectos duraderos, porque todos cedimos algo -incluido los nacionalistas- en aras de la convivencia. Alcanzada la cuarentena, y no por lo rotundo de la cifra, sino por los problemas de dar acomodo normativo a la actual exacerbación de los nacionalismos, algunos -quizás mal informados- pretenden acometer una reforma de nuestra Supernorma acogiéndose a conceptos jurídico- políticos mal entendidos o digeridos (Estado federal, por ejemplo), que pueden dar lugar a una modificación apresurada y peligrosamente chapucera. He aquí porqué las voces más sensatas y autorizadas, procedentes de signos políticos distintos, exigen que la futura modificación normativa se haga, no acuciados por la necesidad de dar rápida respuesta a las reivindicaciones territoriales, sino partiendo de unas bases de compromiso común, que estén en el origen de normas aceptadas como justas y convenientes para todos. Ahí es nada.

Me voy a permitir dos citas de un prestigioso filósofo actual, Charles Taylor, quebequense, y por tanto inmerso en el problema del independentismo, que expresa así los argumentos de estos: «Si un subconjunto de pueblo -por ejemplo ese 49 % de catalanistas separatistas, digo yo- estima que no es escuchado por los demás, o que su punto de vista no puede ser comprendido por ellos, se considera inmediatamente excluido de la deliberación común. La soberanía popular quiere que vivamos bajo leyes que resultan de dicha deliberación. Cualquiera que resulte excluido es que no ha podido tener parte alguna en las decisiones que se toman. Estas pierden, por tanto, su legitimidad para él.» Y más adelante: «Un Estado democrático moderno exige 'un pueblo' que tenga una fuerte identidad colectiva». «Para formar un Estado en la era democrática, una sociedad se ve forzada a emprender la tarea acaso difícil y por doquier inacabable de definir su identidad colectiva». Hasta aquí la cita que probablemente resume la autojustificación nacionalista.

Por nuestra parte, la identidad colectiva del pueblo español está bastante deteriorada, a pesar de los recientes atisbos de recuperación. Llevamos años empeñados en destruir la que tan difícilmente se consiguió en el siglo XV. A costa de considerar nuestra Patria como una idea franquista definida como 'unidad de destino en lo universal'; a costa de hablar de 'este país', porque parece que nos avergüenza decir España; a costa de creernos cualquier leyenda que nos permita sentirnos ilustrados y modernos, las nuevas generaciones, con algunas excepciones, están desencantadas o, en su mayoría, absolutamente desinteresadas. Las grandes palabras, antes dichas, les importan un pimiento. 'Primum vivere', amigo. Por su parte, el partido en el gobierno, demasiado aferrado a la idea de que la economía y el bienestar son lo que importa y, en definitiva, salvará y prolongará su gestión, creen no necesitar tampoco de ningún tipo de respaldo ideológico para combatir el actual problema de los separatismos. Basta con aplicar la ley, piensan.

Pues bien, en este clima, y frente a un subgrupo adoctrinado por la falsedad de que necesitan el reconocimiento y respeto de su identidad colectiva, cuando no solo no se le ha negado ésta, sino que hasta se les ha mimado, ¿Creen que se solventará el problema de los nacionalismos? Más aún, ¿Creen que se puede acometer una reforma constitucional que lo resuelva, concitando el consenso que tuvo en 1978? Por supuesto que uno de los pilares esenciales de la democracia es el Imperio de la Ley, pero recuerdo que también requiere una identidad colectiva que cohesione al pueblo destinatario de esa Ley porque 'sienta' que es genuina expresión de 'su voluntad'. No olvidemos que el 'compromiso de la transición' no fue nada fácil. Tampoco lo va a ser la renovación y modernización de ese compromiso de convivencia que legitime la futura reforma constitucional. Entre otras cosas porque, en aquella fecha, sabíamos de donde veníamos, sabíamos del horror de una guerra civil, sabíamos de los peligros de una cosecha que fue resultado de una previa siembra de odio. Por todo ello urge atender a la necesidad de ir creando una conciencia compartida, o mejor, recordando que, pese a las peculiaridades de los distintos territorios que conforman la gran nación española, tenemos muchas cosas que nos unen, tenemos una identidad cultural común y, sobre todo tenemos detrás un pasado que, como diría Ortega, soy yo mismo.

Las ideas postmodernistas no favorecen una configuración de nuestra mentalidad según las ideas expuestas, ya que niegan su utilidad para explicar la actual realidad social. De ahí que sea consciente de que la enorme tarea de recomponer la identidad colectiva de España requiere tiempo y, además de fuertes convicciones, un nuevo compromiso.

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