Prejuicios trans

Ana Barreales
ANA BARREALES

Aún recuerdo las críticas cuando Andalucía fue pionera al incluir la operación de cambio de sexo en las prestaciones de la sanidad pública y Carlos Haya se convirtió en el primer hospital del SAS que la realizaba. Venían a decir que era malgastar el dinero en un capricho, como si la gente se operara porque era gratis. O como si la identidad sexual fuese algo volátil y todo el complicadísimo proceso que acarrea una intervención de este tipo, desde la aceptación hasta hacer pública la condición de transexual, fuera un plato de gusto que se hace por aburrimiento. Claro que por aquel entonces la transfobia no era una palabra que sonara mucho.

Curiosamente, ha sido una empresa privada, el hotel Ritual, que izó en su inauguración la bandera arco iris como símbolo de su apertura de miras, quien toma ahora la iniciativa y apuesta por contratar a transexuales. Precisamente, esta semana entró en vigor la ley LGTBI andaluza, que además de garantizar los derechos, la igualdad de trato y la no discriminación a las personas trans, establece diferentes multas y sanciones para delitos de odio o discriminación a este colectivo. Esta fue la principal discrepancia en el proceso de elaboración de la ley, encabezada por el PP, que no estaba de acuerdo con las sanciones. Pero, ¿para qué sirve una ley que si no la cumples no pasa nada?

Siempre hay quien sugiere esperar a que la sociedad evolucione espontáneamente, pero pasaría demasiado tiempo. En esto, como en tantos asuntos, para que las cosas cambien hay que hacer algo más que sentarse y rezar. Los transexuales están en unos de los últimos escalones de discriminación, la invisible, la que ni siquiera se reivindica porque no se ve. A pesar de que es un colectivo con muchísimos más obstáculos que el resto para acceder a cualquier puesto de trabajo simplemente por prejuicios. Muchísimos más que las mujeres, los parados mayores de 50 años, los gays o los inmigrantes. Se asocia al colectivo transexual al mundo de la noche o directamente a la prostitución. No se me ocurre un estigma laboral más difícil de superar. Partiendo de la base de que hay gente que no entiende las reivindicaciones del Orgullo o piensa que las mujeres aspiran a la igualdad, pero como es algo que ya se sabe, pues tampoco hace falta insistir,.

«No tengo experiencia limpiando, pero puedo aprender. Necesito una oportunidad». Explicaba en la entrevista de trabajo Sonia, la transexual contratada por el hotel Ritual como limpiadora tras más de un año en paro y una vida enfrentándose a miraditas, comentarios en voz baja y todo tipo de reacciones cargadas de prejuicios. Todavía hay quien cree que es un «privilegio» que una empresa prime la política de incorporar a su plantilla a transexuales. Y lo más fuerte es que seguramente muchos de los que se quejan no estarían dispuestos a trabajar limpiando.

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