Precariedad a contra reloj

El futuro se parece mucho a la estampa coloreada de un pasado no lejano

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Es ver bajo sus cascos de colores esa cara clónica de esfuerzo y la neurona espejo se nos dispara a muchos mezcla de empatía y asistencia mental al pedaleo. La bicicleta es un invento redondo que nunca pasará de moda, pero hace tiempo que además de para el ocio y la movilidad alternativa volvió como herramienta de un nuevo manchesterismo urbano. En el carril bici se mezclan ya los nuevos braceros del reparto de comida con megamochila y quienes van y vienen de otros trabajos, como en China. No se sabe quién copió a quién. El nuevo precariado en bici amenaza con igualar por lo bajo en el precio de su sudor a esa casta todavía superior de los estresados repartidores del ecommerce en furgoneta. Las condiciones de trabajo asiáticas no sólo son peores por la polución. Aquí también las contamina ese salto sin transición hacia una revolución digital que trae trabajos invisibles, destruye otros y crea bastantes de ellos sin contrato laboral pero con el maillot de una modernidad elástica e incierta para ganarse unos euros. Trabajo sólo para jóvenes dispuestos al zigzag para sortear el estado del bienestar y con cuidado de que no se les cruce el mendigo en plantilla del barrio. Por mucho que alguien se empeñe en llamar 'riders' o 'globers' a estos recaderos, el futuro que traen se parece a la estampa coloreada de un pasado no lejano. Mucho antes de que Internet fuera el gran hermano en nuestras vidas las ciudades se habían llenado de mensajeros en moto, unos mártires del atasco que andaban a mucho peligro -eran otros tiempos e incluso llovía- para repartir cuantos más paquetes mejor. Las pésimas condiciones de trabajo y sueldo movilizaron a los moteros de negro a los que el destajo no les daba ni para para el autónomo. Y cuidado con caerse. Se reivindicaron como asalariados, como ahora lo hacen los que se geolocalizan con su bici o moto para hacerse con unos euros . Aquel sector predigital de los mensajeros se esfumó entre ruido y humo antes de que sus protestas dieran su fruto. El fax empezaba a hacer de las suyas como gran agente desmovilizador e Internet haría el resto. Vemos ahora su trashumancia como forma prehistórica de llevar documentos de un sitio a otro como si fueran pizzas carbonara, pero el sistema ahora vuelve y precisamente para llevar también pizzas carbonara aunque con cero emisiones de carbono. Los nuevos mensajeros llaman más la atención que un chófer pulcro de Uber, pero sus macutos chillones de cazadores/recolectores de pedidos a cuatro euros la pieza no está lejos de la corbata y el traje de conductor. Es el signo de unos tiempos desarrapados del destajo a salto de semáforo. Europa parece que por navidad le ha puesto alma a este club de ricos y empieza a retirarle el disfraz de papa noel a la uberización, como algunos jueces empiezan a hacer en España. En esto de las bicis tendrán que resolver pronto, antes de que los contrarrelojistas de la precariedad se pongan a apedrear a los drones que les quitan el pan.

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