LA PRADERA

Juan Francisco Gutiérrez
JUAN FRANCISCO GUTIÉRREZMálaga

Verán que tengo el alma en la Pradera, no se me puede olvidar. Hay semanas en las que uno recibe señales del paso del tiempo a bocajarro. Y de este discurrir imparable de la vida vienen detalles guasones: un poner, que las mociones de censura lleven de pronto a alguien de tu quinta a La Moncloa. Pero eso de que el presidente sea de tu año no es nada comparado con saber que los años se han llevado ya a María Dolores Pradera. Ay, también a La Pradera. Yo a veces en la intimidad, por eso de la costumbre de escucharla desde que tenía veinte años y ella tenía alguno más, alguna vez osé en llamarla Mariloli. Tal era la cercanía con quien aportaba tanta serenidad a base de chupitos clásicos de coplas bellas y dolorosas, rancheras y boleros que te anestesiaban para todo el año.

La Pradera era la voz de toda una vida, de todas las vidas. Una diosa jónica con porte de Lauren Bacall. María Dolores te tocaba la fibra y amansaba sin arañarte. Mariloli ayudaba a pasar malos tragos y aunque ella triunfó en la era del LP, fueron suyos los primeros CD's dobles que me compré en 'Candilejas'. Nunca pasó de moda porque quizá nunca estuviera de moda tanta elegancia, tanta rabia contenida en túnicas dóricas y manos corintias, corintias. Siempre con los dedos largos cerca de su rostro y sus ojos celestones o celestiales. Unas manos intensas, explicativas entre mantillas, oferentes, nunca amenazantes, que a veces acababan agarrando sus hombros con las palmas abiertas y los brazos cruzados. «Lo de mis manos es una cosa especial. En posguerra yo tuve un problema, bueno, el hambre. Y como no tenía mucha voz, empecé a mover las manos. Me brotaron porque las necesitaba para expresarme». La Pradera, una entrevistada que siempre daba inteligencia a cualquier programa, lo recordaba así, con su gracia británica, en el mítico 'El Séptimo de caballería' de TVE, allá por 1999. Nada menos que junto a los llorados Rocío Jurado, Carlos Cano y García Campoy. Un clásico dedicado a una clásica de nuestras emociones sin censura. Gracias a la vida por habérnosla dado.

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