Potitos, potitos

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Cuando vio al cliente que se dirigía hacia ellos, con una bolsa llena de pequeños tarros de cristal, no pudo más que exclamar: «¡Potitos, potitos! Ya verás lo contentas que se van a poner mis mamás». Era un voluntario joven y simpático, y estaba con lo que parecía un grupo de amigos o compañeros de clase, con un carro que se iba llenando poco a poco, quizás demasiado lentamente para lo que les hubiera gustado. Era el día de la Gran Recogida del año pasado, y había muchos otros como ellos diseminados por todos los supermercados del barrio.

Potitos, potitos. El chico recibía aquellas donaciones con algarabía, frente a la timidez y la media sonrisa de otros voluntarios, que eran los encargados de agradecer los paquetes de arroz, de lentejas y de garbanzos; los cartones de leche y las cajas de galletas que los donantes apartaban de sus compras. Siempre es más fácil pedir cuando no es para uno mismo; máxime, por una causa tan noble como evitar que un vecino pase «fatiguitas», como diría el añorado Chiquito. Al escucharlo, igual que hago ahora mientras escribo, no pude menos que pensar en cuanta pena escondía la alegría de recoger un donativo que sólo podía estar dirigido a un bebé. A un bebé de aquí, malagueño o inmigrante, que no tiene sus necesidades básicas cubiertas, a pesar de estar en esto que llaman el primer mundo, tan lejos de las catastróficas imágenes de campaña de las grandes ONG.

Potitos, potitos. Por un resquicio de esta desquiciante invasión mediática que promueven ciertos sectores de Cataluña, se cuela el reportaje que Amanda Salazar, con su sensibilidad única para los temas sociales, publicó el sábado pasado en este periódico. Párrafo a párrafo, nos recuerda que la Gran Recogida, que se celebrará este año los días 1 y 2 de diciembre, se enfrenta a varios retos, que pueden marcar para muchas personas la diferencia entre comer mejor o peor durante meses. Ahí es nada.

El primero, la sensación generalizada de que la crisis ha pasado. A lo que los responsables del banco de alimentos Bancosol replican con un único dato, de una contundencia estremecedora: si bien es cierto que los necesitados disminuyen, no lo es menos que todavía unas 49.000 personas dependen de estos recursos para subsistir. También habrá que luchar contra el hastío de quienes, tras participar en ediciones anteriores, crean que su ayuda ya no es tan necesaria; y de las nuevas incorporaciones, que pueden tener la falsa idea de que ya está todo hecho. Para ellos, y para todos los malagueños que ese día no tengan nada mejor que hacer, sólo les voy a decir dos palabras, que en realidad es una, con doble exclamación: ¡Potitos, potitos!

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