Posverdad es mentira

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

En el inventario de todo lo que ha arrasado el fuego en los alrededores de Doñana, pinos, lentiscos, diversos animales, un camping, hay que incluir la credibilidad de emisores de noticias, tuiteros y políticos varios. No es la primera vez, ni será la última, pero ha resultado clamoroso cómo en este caso se han acuñado falsedades sin fundamento como verdades incontestables. La idea de que los alrededores del parque natural se habían quemado para edificar, o la relación con el proyecto de Gas Natural se extendieron como la pólvora por las redes sociales y ciertos políticos, de Podemos, la elevaron a categoría de atril, de iniciativas legislativas, hasta de denuncia a la Comisión Europea. Daba igual que no fuera así, que el incendio no tenga que ver con Gas Natural, un proyecto prácticamente muerto; que la ley de espacios naturales que rige en Doñana prohíba recalificar, que la Ley de Montes sólo autorice en casos muy puntuales. Hubo que leer a Monedero, por ejemplo, decir que esta ley «es una invitación a que haya impunidad a quemar los montes, cuando se retira la sanción que implicaba no construir encima de terrenos quemados». Tan fresco.

En las redes sociales se activó el fundamentalismo. Los que querían poner en su lugar los hechos eran tachados enseguida de 'lacayos del imperialismo', cuanto menos.

Todo esto es un ejemplo de libro de cómo se puede llegar a construir en un segundo una realidad paralela, y falsa, y de la resistencia de algunos a admitir los hechos, por muy contundentes que éstos sean, cuando contradicen lo que han decidido que es la verdad, o lo que le han dicho que tiene que ser.

La propia palabra 'posverdad' es mentira. O sea, posverdad induce al concepto de verdad, de más allá de la verdad, pero quiere decir lo que no es cierto, lo que es falso. Mal vamos si comenzamos a construir con palabras tramposas estos tiempos que quieren ser de quitar la careta, destapar fraudes y comenzar un mundo nuevo y auténtico. Peor si el sectarismo ciega hasta estos extremos de negarse a reconocer lo obvio. Da miedo.

Por ello quienes quieran construir sus criterios con elementos sólidos, quienes quieran beber de fuentes no contaminadas, han de elegir dónde se informan. Las redes sociales ofrecen un plano de engañosa igualdad, donde cualquiera puede publicar cualquier cosa. El desafío, ahora más que nunca, es distinguir el pescado podrido a la primera. Para ello hay que tener un olfato mínimamente afinado, pero también es recomendable ir sobreseguro y acudir a los profesionales honestos, a las marcas de confianza y trayectoria acreditada. Los que saben de esto. Los periódicos.

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