Posverdad

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Cuando ciertas palabras entran en el diccionario, el lenguaje se tambalea. Las palabras flaquean, los significados fallan. Así pasa con la posverdad. Da igual quién la creó o con qué fin. Lo importante es su utilidad en la era de la corrección política donde cada cosa tiene un nombre distinto del que le corresponde.

En un mundo que ha abandonado la verdad como marco, con partidos políticos elaborando clichés evasivos que sus representantes deben repetir, como androides, cada vez que son preguntados sobre asuntos comprometidos, con discursos que prometen lo imposible y nombran con eufemismos las realidades más crudas, no pasaría mucho tiempo sin que todo se volviera falso.

Algunos ingenuos creen que la posverdad se inventó para denigrar al enemigo y no a ellos. Conviene tener cuidado. Una palabra de doble filo como esa, cuando se vuelve arma arrojadiza, pasa a servir a cualquier causa y quienes la usan con frecuencia pueden verse atrapados en el bucle del sinsentido. Hace falta ser muy sutil para esquivar sus trampas retóricas. Posverdad es el mantra de periodistas y políticos para enmascarar la verdad: no existe un lugar preservado donde no impere su lógica falsaria. El reino de la posverdad se extiende sobre un mundo de signos hostil al pensamiento. La impostura se construye con parches de siglas y retales de neolengua tecnócrata. La amnistía fiscal se llama 'regularización' y 'reprobación' el varapalo parlamentario al ministro resabiado que la maquinó. El carnaval LGTBI desfila por Madrid con plena bendición institucional días después de que la monarquía condecore a un siervo franquista como servidor democrático y el filósofo Žižek abarrote el CBA como una estrella mediática propagando un retorno desesperado al socialismo burocrático. La previsión del PIB se eleva sin control mientras las notas de la PEvAU caen en picado en un país donde 'moderado' es el elogio de moda, nadie puede ser nada mejor, y 'radical' el nuevo denuesto decidido por consenso, nadie puede ser nada peor.

El capital sexual de la economía española, me dice un amigo tras realizar una encuesta entre mujeres, se sustenta en el ministro de Guindos. Tal es su atractivo que ha precipitado el adelanto de las rebajas veraniegas. Quien sabe si para satisfacer una demanda secreta o una oferta inconsciente. Gestación subrogada, la llaman los finos estrategas de Ciudadanos, vientre de alquiler, los detractores de una izquierda anticuada, y embarazo compartido, los folletos publicitarios de algunas clínicas prohibitivas.

Y así la realidad, cada vez más compleja, acaba configurándose con arreglo a las palabras dominantes y lo que no se nombra, o se nombra con subterfugios, desaparece de la vista y de todas las pantallas que la mantienen activa. De Siria y de Venezuela, por eso, mejor no hablar, faltan las imágenes y sobran las palabras. Y una palabra sobre todas, ética.

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