A por nadie

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hay quien intenta convencernos de que el conflicto catalán ha reavivado los peores rencores sepultados por la Transición. Menudo error. Cataluña es al guerracivilismo lo que Malaya fue a la corrupción: la cima visible, la punta del iceberg, la mecha que ha prendido esta vez nuestro combustible latente de odios y envidias; un recurso inagotable que almacenamos desde hace siglos como plancton abundante de nuestra idiosincrasia. Aunque nos gusta ponernos estupendos para hablar de las grandezas de nuestro país, miramos de soslayo nuestras vilezas. Esos terribles eslóganes de 'España ens roba' o 'A por ellos, oé' no son más que la última manifestación de los mantras que alimentan la furia de la manada. ¿Realmente había que llegar a esto? La deriva de mentiras del nacionalismo catalán que ha conducido a este delirio del 1-O ha espoleado también los instintos más básicos. Los mismos, no nos engañemos, con los que condenamos a muerte y con tortura previa a asesinos y pederastas pasando por encima de nuestro Código Penal. Pero no, optamos por la Justicia bíblica. Precisamente nosotros, que por no leer no leemos ni la Biblia. Y las reglas del juego no son buenas o malas. Son el espacio de equilibrio donde logramos no herirnos.

Y, claro, todo esto sobre la base de nuestra tendencia natural a ensañarnos con el paisano. Aquí, en la vida cotidiana, vale con que uno de los nuestros triunfe en Hollywood, en Sillicon Valley o en los escenarios para que active toda nuestra mala leche. Tenemos un magnífico tiempo de respuesta para vilipendiarlo, calumniarlo y destriparlo; agazapados, eso sí, en cualquier esquina oculta del Twitter donde estamos al acecho con todas nuestras fauces sedientas de sangre. Eso también es marca España. Y eso no es nuevo. Ahí está la Historia. La Guerra Civil, por ejemplo, fue un gran ajuste de cuentas que, a su vez, escondía una orgía desatada de puñaladas traperas dentro de cada bando: comunistas contra anarquistas en uno. Carlistas, falangistas y 'ex cedas' en el otro. Y así sucumbieron muchos en una siniestra colección de delaciones, chivatazos y venganzas, a menudo entre primos y vecinos de toda la vida. Por todo eso somos tan dados también al martirologio y al victimismo. Funciona muy bien en esta lógica maniquea. Y por eso, claro, Puigdemont quiere ser el Companys del siglo XXI y pasear también en este octubre esperpéntico de esteladas sus manos esposadas como falso testimonio de represión.

Lo que más tristeza produce es pensar en el esfuerzo de aquellos actores del 78 hoy defenestrado; en la memoria violada de la Transición que llamaron ejemplar. No eran tontos ni descerebrados los que redactaron aquella Constitución. Sabían que dejaban atrás una estela de dolor y violencia. Pero esos son los pactos: poner un kilómetro cero, mirar hacia adelante y no tener que volver a ir a por nadie.

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