Un poeta

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Cuando era adolescente, Juan Manuel Villalba inventó un traje de buzo para lagartijas. Lo construyó y comprobó con éxito su funcionamiento. No lo patentó, dado el escaso interés de las lagartijas por los misterios submarinos. El niño Villalba destripaba juguetes, descomponía camiones, turbinas, relojes y luego los recomponía perfeccionados, con más potencia, precisión y sentido. Los mecanismos de la vida iban a ser diferentes. Las leyes de la física, una vez que las emociones entran por medio, se vuelven blandas y huidizas. Para desentrañar esos misterios Juan Manuel Villalba usó el destornillador más exacto, el más delicado. El de la poesía. Ese lugar en el que las leyes nunca se cumplen.

Para quien no lo sepa, habrá que decir que Villalba pertenece a una más que brillante generación de poetas malagueños, de nacimiento o adopción, que ha sobrepasado el medio siglo y que ocupa un lugar destacado en la primera línea de la poesía española de hoy. Y habrá que decir que no es un poeta prolífico, sino que pule, desmonta, vuelve a montar y a desechar versos sin prisa alguna por ocupar los escaparates de la farándula literaria. La poesía tiene otro sentido para Juan Manuel Villalba. Es el salvavidas al que un día se aferró para no perecer en el naufragio. Es la escafandra sofisticada con la que ha sido capaz de surcar unas profundidades abisales sin más luz que la de ese foco pálido, a veces parpadeante de la palabra.

Sus lectores esperamos cada libro suyo como una nueva revelación. Por eso fueron tan acertadas las palabras de Mesa Toré -otro de los miembros más destacados de esa generación y también con una nueva entrega de versos sobre la mesa-, cuando esta semana, al presentar el último libro de Villalba, calificó el acto de acontecimiento literario. Lo fue. Lo fue porque cada libro de Juan Manuel representa un paso clave en la consolidación de un poeta único. Y lo fue porque este libro último, 'Linterna', nos muestra a un poeta desnudo de artificios, enfrentado al abismo de sí mismo sin más coraza ni disfraz que su propia piel. El joven poeta adolescente, aquel Villalba que anticipaba los dramas en busca de consistencia poética, es conducido a través de los años y los verdaderos dramas por un Villalba maduro que le hace de Virgilio, de guía, por el campo devastado de los desengaños. Ya no se trata de jugar con la vida, sino de enfrentarse a ella cara a cara y señalar los pasos errados. Alumbrar, aunque sea tibiamente, aquellos momentos donde el rumbo se torció y ya todo se hizo irrecuperable. Si la literatura, si el arte tiene algún sentido es el de hacer visible lo invisible, el de revelar los espacios ocultos, el mundo sumergido en el que quedó encerrado todo lo que nunca se nombró y por tanto nunca se entendió. Villalba, a pulmón libre, ha bajado a esas profundidades y ha subido a la superficie un tesoro oculto, un libro desgarradoramente hermoso.

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