Pocas cosas pasan

Los padres que pasan de sus hijos pequeños son una epidemia

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Si las previsiones de la AEMET no fallan, el día de hoy será uno de los más calurosos del año, que ya es decir. El terral que previsiblemente incendiará nuestra atmósfera hasta secarnos la garganta coincide con la bajada de temperaturas en el resto de España. En la meteorología, como en tantos otros asuntos de la vida, nos encanta ir al revés, aunque esta contradicción no dependa tanto de nosotros. Los días más calurosos del año son como los cruceros que atracan en el puerto: siempre que llega uno es el más grande del mundo. Mañana (por hoy) nos derretiremos sobre el asfalto o en las playas mismas y eso que hoy (por ayer) ya teníamos asumida la manera en la que la humedad también cala hasta los huesos el calor, caldeándonos el tuétano. El verano en el chiringuito discurre entre lo caluroso y lo calórico y nuestros días sufrirán muy pronto una alerta diaria. Vivir en verano es sortear los peligros. El año pasado, gracias a los efectos alucinógenos de la calor, ya tuvimos un abanico de alarmas de diverso pelaje, por ejemplo por el avistamiento de un tiburón, nada menos. Hubo delfines muertos en nuestras orillas, apagones de luz en nuestras propias viviendas, brotes de racismo imaginario y brigadas de policías intoxicados por una partida de pollo al curry, todo eso trufado con picaduras puntuales de mosquitos tigre o de varios ejércitos de medusas. En aquellos momentos -qué jóvenes éramos el año pasado-, hubo gente que fantaseó con una conspiración de empresarios de otras costas, desalentados por el éxito de atracción de la que será probablemente la última gran plaga. No queríamos que nos quitaran ni a uno solo de nuestros turistas.

Este verano está resultando menos inquietante. Iba a escribir «crucemos los dedos» pero no podemos caer en la hipocresía: la inquietud y la paranoia son el alimento de las columnas en verano. Este año tenemos pocas invasiones más allá de las típicas hordas de visitantes, que no sé si soy yo o si es por el paradigma de la otredad, pero cada año que pasa me parece que son más y de más variopintas nacionalidades. Por descontado, también se ven muchos niños. No podemos meter alegremente a la infancia en la categoría de plagas veraniegas sin ser tachado de inhumanos, de una intolerable concesión a la misantropía. Pero no hay nada que impida meternos con esa otra epidemia que son los padres que pasan de sus hijos pequeños en chiringuitos, playas, piscinas, discotecas y espacios públicos en general. La tragedia se masca en todos y cada uno de los días de verano: pocas cosas pasan. Lo mismo que con aquellos usuarios de la bicicleta que practican el anarquismo, lo mismo que con locos al volante que también se ven todos los días. Pocas cosas les pasan a los bañistas, a los coches de Cabify, a los pescadores de tierra firme o a los camareros de las terrazas. Y a los niños. No pierdan de vista a los niños. Con el calor se revolucionan.

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