POBREZA ENERGÉTICA

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Cuando calentar el hogar en invierno se convierte en un lujo para miles y miles de familias, nos asomamos a uno de los grandes fracasos sociales de nuestro tiempo. La pobreza energética se está irradiando en España -y en otros países europeos- a una enorme velocidad y en silencio, deteriorando las condiciones de vida de ciudadanos con recursos limitados. Ojo, que no sólo me refiero a personas en dificultades, sino a pensionistas, mileuristas y también a la clase media.

La factura eléctrica está alcanzando niveles insostenibles frente al silencio cómplice de todos los partidos políticos que dicen representarnos y con la responsabilidad de presidentes del Gobierno incapaces de garantizar para el país un abastecimiento energético que defienda a los ciudadanos y no las cuentas anuales de las grandes compañías. Mientras el pensionista raciona su calefacción, las empresas engordan sus beneficios. Y abren más de una puerta giratoria por la que se cuelan ufanos y bien calentitos algunos de los dirigentes de este país.

Sólo en 2016 -los últimos datos disponibles- las tres grandes eléctricas que forman parte del Ibex 35 (Iberdrola, Endesa y Gas Natural Fenosa) cosecharon un beneficio antes de impuestos de 3.687 millones de euros. Y a la hora de tributar, ninguna de las tres superó el 8,5%, muy lejos del tipo nominal impuesto del 25%. Es decir, que pagaron mucho menos impuestos que cualquier trabajador por cuenta ajena, autónomo o pequeña y mediana empresa de este país. Este es el sistema energético que tanto PP como PSOE han construido.

Claro que es bueno tener grandes compañías en España, pero también lo es que la luz, el agua, el calor, el techo y el alimento no sean un bien de lujo para los ciudadanos. Porque se habla poco de ello, pero la brecha ricos y pobres empieza a dejarse sentir en las necesidades básicas. ¿Por qué hay más obesidad infantil y adulta en las clases más desfavorecidas? Pues porque, entre otras razones, comer sano -fruta, verdura y pescado, sobre todo- es mucho más caro que recurrir a la alimentación industrial.

Es preciso que este país se replantee las políticas energéticas y de suministros básicos, sin demagogias ni populismos, sino con la certeza de que una sociedad moderna debe garantizar a sus ciudadanos unas condiciones de vida dignas, que no pasen por sufrir en silencio vergonzante la estrechez energética. El mando debe estar en manos del ciudadano y no de las compañías eléctricas, energéticas o tecnológicas que olvidan, aplaudidos desde el Congreso de los Diputados, que esos suministros son de primera necesidad y no un número más en su cuenta de resultados.

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