Lo pluri

FELIPE BENÍTEZ REYES

El día en que Pedro Sánchez se decida a hablar sin tópicos de mitin, sin clichés previsibles y sin eslóganes de catálogo, podremos percatarnos de la hondura o de la superficialidad de su pensamiento político, asunto que, aunque con indicios preocupantes, sigue siendo uno de los grandes misterios del momento presente. Entre esos indicios se cuenta el de haber puesto en circulación un concepto pluripintoresco: el de plurinacionalidad, cabe suponer que como parche retórico para el ensueño telúrico que de un tiempo a esta parte ameniza nuestros días sobre la Madre Tierra, a la que en España no cabe aplicar aquello de que madre no hay más que una.

La Iglesia católica tuvo una piedra en el zapato con el culto al Santo Prepucio, del que algunos teólogos daban por supuesto que había ascendido al Cielo el mismo día de la resurrección de Cristo, criterio juicioso donde los haya ante el que se rebelaron otros sabios, que dieron en sostener que tanto el prepucio como el pelo o las uñas del Redentor eran elementos secundarios que bien pudieran haberse quedado en este valle de lágrimas sin menoscabo de la integridad del susodicho. A finales del siglo XVII, el teólogo León Alacio puso un poco de sentido común en la disputa: según sus conclusiones, el Santo Prepucio ascendió al Cielo a la vez que Cristo y dio origen a los anillos del planeta Saturno.

El PSOE parece estar ahora en su fase prepucio con lo de la plurinacionalidad. Los socialistas valencianos, en línea con el aparato central del partido, defienden un «federalismo asimétrico», como las narices que pintaba Picasso, en tanto que los socialistas andaluces reclaman un «federalismo cooperativo», con la agravante de que ninguno de ellos cuenta con la versión irrefutable de un equivalente de León Alacio que dictamine cuál de ambas modalidades de federalismo puede dar origen a esos anillos saturnales que cohesionen nuestra pequeña nación de pequeñas naciones. Por otra parte, todos ellos reconocen no tener muy claro no sólo cuál es el modelo federal que propugnan, sino incluso qué distinguiría a un Estado federal de nuestro actual escenario de autonomías, ni si convertirían a Su Majestad en rey asimétrico o cooperativo de una federación, pero el hecho de que no se sepa con exactitud el significado de un sustantivo nunca ha sido impedimento para que se le añadan adjetivos. Para alegrar esta maratón de imprecisiones, los socialistas baleares reclaman una «federación de islas», lo cual puede dar pie -con arreglo a la vieja consigna de «café para todos»- a que otros territorios de nuestra plurinación reclamen una federación de montañas, de mesetas, de costas o incluso de secarrales. Algunas ocurrencias políticas corren el riesgo, en fin, de acabar en chistes. Chistes sin demasiada gracia. Pero se ve que a sus divulgadores les divierten. Al menos de momento.

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