Pirámide

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Hubo un tiempo, quizás de la inocencia, en el que la base de la pirámide social rendía culto, admiración y envidia a aquellos que ocupaban la cúspide del triángulo. Eran los miembros de la élite. Un espejo en el que debería mirarse la base social. Caminos llenos de esfuerzo, talento y habilidades múltiples que después de atravesar sótanos y laberintos ocultos desembocaban, emitiendo fulgores, en las proximidades del cielo. Había que ser como ellos. Eran el ejemplo que se les dictaba a los niños y a los jóvenes. La espuela con la que se les indicaba el camino de la gloria. Hasta que la bóveda celeste se resquebrajó y los ídolos empezaron a desplomarse.

Demasiados pies de barro. Siempre existió el fraude y la purpurina, pero, que uno recuerde, nunca antes habíamos asistido en este país, tan próximo a la tradición de la picaresca y el timo altanero, a una lluvia tan feroz de granizo humano. Hasta el punto de que en determinaros sectores y sobre determinadas profesiones cunde la clara sospecha de que quienes están en el vértice de la pirámide tienen en su mayor parte alma de delincuentes. Estar arriba no es más que un indicio de turbia criminalidad. La epidemia, que durante un tiempo quedó enmarcada en el ámbito político, se ha ido propalando por todas las parcelas que ocupan la parte superior del edificio.

Sólo en aquellas actividades que, a pesar de tener relumbre mediático, no andan muy sobradas de dinero se mantiene una relativa sensación de decencia. Pero allí donde circula el dinero con una viva alegría, la sospecha está asegurada. Y así asistimos en un verano sangriento a la detención del eterno presidente de la federación de fútbol y a la de su hijo. Las rutilantes estrellas del fútbol no se sientan en los banquillos de los estadios pero se han abonado a los de los juzgados. Un desfile balompédico que según todos los indicios no ha hecho más que empezar. Fraudes a Hacienda, partidos de tercera división amañados, apuestas falsas, delanteros y porteros de todas las categorías comprados, concejales, diputados provinciales, músicos, productores y delincuentes de la Sociedad General de Autores. Trompetistas del Apocalipsis, rateros de medio pelo de la administración, gerifaltes autonómicos con ínfulas soberanistas y escapistas que desembocan en esa especie de suicidio ejemplar -ejemplar en cuanto al rito y lamentable como cualquier muerte- que llevó a cabo esta semana Miguel Blesa. Una escopeta de caza y un disparo en el pecho que nos remiten a aquella España cainita y desaforada de Carlos Saura. Llueve en mitad del verano sangre y llueve material humano. Una lluvia de ídolos que caen desde el agrieteado ático y se estrellan contra el suelo ante el regocijo o la indiferencia de un suelo social que ya descree de todo lo que allí arriba sucede. Esas estatuas que adornan el gran rosetón de la fachada ya no son representantes de ningún camino a seguir ni ejemplo de nada, sino la clara manifestación de la ruina del cielo.

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