Un pionero de la ciencia ficción

Un pionero  de la ciencia ficción

Quiero aclarar que yo no tenía noticia de la existencia de Jaime de Foxá hasta que me alojé hace ya unos años en la viña (así es como llaman en Andújar a algunas casas de la sierra)

Haber sido gobernador civil de Toledo a finales del franquismo no es hoy un mérito curricular que merezca cálida acogida. Tampoco haber tenido uno de los primeros carnets de Falange, ni haber sido conde de Rocamartí. Quizás algo más de reconocimiento tendría el haber sido campeón de España de esquí de fondo o amigo, protector e impulsor, desde su cargo de director del Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza, de un joven Félix Rodríguez de la Fuente, al que nadie aún conocía. La cosa se pone algo más interesante cuando se añade que el personaje había escrito dos novelas, en una de las cuales un jabalí narra su propia historia, y que dicho jabalí tiene una estatua dedicada en plena Sierra de Andújar, camino del santuario de la Virgen de la Cabeza. Pero, admitámoslo, nada de esto da para dedicarle una tesis. Más merecimientos acumula su hermano Agustín, autor de la que es considerada por algunos como una de las mejores novelas españolas del siglo pasado: 'Madrid, de corte a checa'. Sin embargo, hay que decir que la segunda novela de Jaime de Foxá, publicada en 1951, ha pasado injustamente inadvertida y es la hora de reivindicarla, porque le hace un pionero de la ciencia ficción española al que nunca se menciona. Así que a la tarea, a ver si esto lo lee algún editor y se decide a reeditarla.

Quiero aclarar que yo no tenía noticia de la existencia de Jaime de Foxá hasta que me alojé hace ya unos años en la viña (así es como llaman en Andújar a algunas casas en la sierra) de cuya propiedad disfrutó durante años y que ahora está convertida en un agradable y acogedor hotel rural, en medio de uno de los paisajes más impresionantes y poco publicitados (felizmente) de España. El caso es que, después de pasar tan buenos ratos en su viña, me consideré casi en la obligación de leer algo de él, y como no me sentía inclinado a transitar por las peripecias de un jabalí, por mucha capacidad de ensimismamiento que éste tuviera, me hice con su primera novela, 'Marea verde', de la que solo sabía que era una distopía futurista, un género por el que confieso cierta debilidad.

La escasa y poco original ciencia ficción que se había escrito hasta entonces en España estaba centrada en viajes a la Luna o a Marte y máquinas del tiempo, tomados como excusas en muchas ocasiones para obtener conclusiones moralizantes. Su hermano Agustín había escrito un par de relatos cortos que podrían encajar en el género. El mérito de Jaime estuvo en haber escrito una novela de ciencia ficción tal y como entendemos hoy que hay que hacerla, siendo incluso en su retrato del futuro cercana al que no ha ofrecido el ciberpunk: un futuro sombrío, totalitario (un «comunismo verde» según lo designa el autor), venido de la mano, no de la cibernética y la inteligencia artificial, como en el ciberpunk, sino de la biotecnología.

Aunque la novela es ahora prácticamente inencontrable, no voy a hacer de spoiler, por si alguien se la procura. Contaré su argumento de forma muy superficial. En una sociedad de localización temporal indefinida, aunque perfectamente podrían ser los años 50 del pasado siglo, un joven y apocado filósofo llamado Ángel West pasa sus horas lamentando su falta de atrevimiento para declararle su amor a su amiga Eva, quien está enamorada a su vez de Willy, un tipo atlético, de clase alta y pagado de sí mismo. Mientras tanto, María oculta su amor por Ángel. Esta historia de amor recorre todo el libro, pero no es lo que aquí nos interesa. Lo que llama la atención es la trama tecnocientífica en la que se enmarca la historia. El biólogo Karl Mashenko ha inventado un producto, Clorofil-5, que permite a los animales obtener alimento realizando la fotosíntesis en sus células, como si fueran plantas, lo cual abarata enormemente los costes de producción en la ganadería. El gobierno prohíbe su uso en humanos, pero las masas hambrientas no están dispuestas a verse privadas de ese sustento que, además, les garantizaría una vida de asueto. Finalmente se produce una revolución y las masas toman el poder. El clorofil se hace de uso común. Sólo las élites gobernantes, el ejército y una minoría de disidentes refugiados en el norte no lo consumen. La economía se hunde y la dependencia del clorofil se vuelve absoluta, pero sus consecuencias sobre las personas son nefastas. No es solo que su piel y su pelo se tiñan de color verde, dándoles un aspecto poco agradable, es que su tono vital se separa cada vez más de lo animal para aproximarse a lo vegetal.

Los efectos del clorofil son descritos así por uno de los personajes, un amigo de Ángel que se resistía a tomarlo, al que reencuentra al final de la novela: «No sabéis lo que representa para quien por dentro era rebelde al criminal ensayo, verse languidecer gota a gota, paso a paso, como si la vejez de las encinas próximas se nos fuera contagiando poco a poco al imitarlas. Notar que la sangre tiene un algo de savia. Y que se va perdiendo la voluntad; y apagándose el raciocinio; y eclipsándose el alma».

Una bonita historia para contársela a los transhumanistas, que han propuesto que en el futuro los seres humanos sean modificados genéticamente para hacer la fotosíntesis. Nadie sabe si eso será posible, ni cuáles serían sus efectos en caso de serlo, pero, como ven, la idea la desarrolló de una forma original e interesante Jaime de Foxá desde su viña en Andújar.

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