Nos pilla lejos

Ante el terror hay que plantar cara aunque la derrota sea nuestra compañera inseparable

PEDRO MORENO BRENES

Son la mayoría pobres, sean musulmanes, indios, cristianos, de otra parroquia en lo trascendente o simplemente no tengan trato con esa materia. En África, en Asia o a la vuelta de la esquina, da igual: el común denominador es que nos pilla lejos. No somos capaces de ponernos en su piel por muy buena voluntad que pongamos. Viven otros mundos, otras vidas, y sus desgracias las sentimos, pero de otra manera. No les hablo de la diferencia entre el dolor por una persona de nuestro entorno inmediato (familia, amigos) y las que no conocemos, algo natural como resorte psicológico para no volvernos locos ante una acumulación de duelos y desgarros diarios insoportables y que nos instalaría en la melancolía estructural e incurable. Pero tampoco conocemos a la inmensa mayoría de las víctimas de las catástrofes naturales y de las brutalidades humanas, y sin embargo pueblan nuestras conversaciones, opiniones y campañas cuando esas personas afectadas hablan nuestro idioma, tienen un aspecto parecido a nosotros o compartimos cultura y actividades. No nos pasa eso porque seamos unos clasistas impresentables (al menos la mayoría no lo somos), simplemente, en esos casos nos podemos poner en su misma situación, nos sentimos vulnerables porque eso mismo nos podía pasar a nosotros. Pero cuando la tragedia estalla fuera de nuestro entorno 'sociocultural', nos pilla lejos.

No creo que sea fácil cambiar esa actitud, pero al menos debemos intentarlo. Y la mejor manera es trabajar la empatía, esa capacidad de compartir y comprender (en la medida de lo posible) lo que otra persona pueda sentir (y especialmente sufrir). Puede que los medios de comunicación tengan un papel esencial al transmitir lo que les pasa a otros con más sensibilidad, con más convicción y no solo descripción, con más carga humana, con más mimbres para darnos cuenta que esos padres deben sufrir un dolor indescriptible cuando le dicen que a su hija la han violado y quemado viva en la India (tres niñas en los últimos días), o que los cuerpos inertes tras un atentado o un bombardeo en un lugar lejano tienen madres, padres, hijos, proyectos de vida. O los tenían. La carne desgarrada, las tripas fuera, la cabeza destrozada les duele, no son de cemento. También nosotros, en nuestras redes directas o digitales podemos hacer mucho, equilibrando la atención y tratamiento para poner en nuestra agenda cotidiana la solidaridad hacia ellos y conseguir esa cercanía humana que despierta las conciencias.

Ante el terror hay que plantar cara aunque la derrota sea nuestra compañera inseparable. La injusticia es mala y duele, pero la sumisión ante ella es peor, ya que nos convierte, en mayor o menor medida, en cómplices. Esa desesperanza nace por la ausencia de respuesta ante los tiranos, los terroristas, los caciques, los malvados que torturan, asesinan, violan y explotan a sus semejantes. Hay que reaccionar, aunque nos pille lejos.

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