Phil

La historia, por la que cada día vuelve a ser dos de febrero, acaba cuando por fin Connors decide ser consecuente, vivir el presente y dejar de ser un engolado fantoche

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Desde 1887, cada 2 de febrero, los vecinos de Punxsutawney (Condado de Jefferson, Pensilvania) llevan a cabo la extraña ceremonia por la que una marmota de nombre Phil sale de su supuesta madriguera, tras su hibernación, y según obre se interpreta el pronóstico meteorológico. Si está soleado, Phil alcanza a ver su sombra, como ello le asusta se esconderá de nuevo, por tanto el invierno continuará. Si está nublado, el comportamiento de Phil no será esquivo, o sea que el invierno acaba ya y la llegada de la primavera es inminente. Es una tradición algo folclórica, una regla sin aparente base científica que se mueve entre la fe en una cierta lógica animal y la superstición lugareña y cuyo margen de acierto está entre el 28 y el 37 por ciento, según dicen. Este año Phil acabó anunciando que este frío invierno seguirá durante seis semanas más. La verdad es que el asunto es simpático, da que hablar y hasta ha tenido su encaje en el cine. En España, las cabañuelas también arrojan su pronóstico, sobre todo de precipitaciones, pero no dan espectáculo apenas.

En 1993, Bill Murray protagonizó 'Groundhog Day' (el día de la Marmota), una película dirigida por Harold Ramis, que en España se llamó 'Atrapado en el tiempo'. Fue un proyecto de éxito, una comedia de las mejores de la historia y 'día de la marmota' se convirtió en gran parte del mundo en la denominación de situaciones que no sólo no cambian ni evolucionan, sino que se repiten en el tiempo con mínimas variaciones. Es algo así como el día del prusés, el día de los independentistas o el día de Puigdemont. La verdad es que el guion es muy interesante y la historia, por la que cada día vuelve a ser dos de febrero, acaba cuando por fin Connors (el personaje de Bill Murray) decide ser consecuente, vivir el presente y dejar de ser un engolado fantoche.

Mentir e intoxicar a la gente, adulando sus capacidades, gastando el dinero público en grandes monumentos a las ínfulas imperiales más infundadas y falseando desde la historia más grande al mínimo argumento, todo ello es una gran estafa. Sin embargo, es cierto que «los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía» y ello es algo que hemos podido ver reflejado estos días en los sms de Puigdemont a su colega de fuga, Comín. De hecho, las frases de desánimo -supuestamente escritas por el exmandatario catalán- reflejan muy bien su aburrimiento y frustración. «El plan de Moncloa triunfa, esto se ha terminado, hemos hecho un ridículo histórico...». No se sabe si el intrépido cámara del programa de Ana Rosa Quintana actuó realmente sin la anuencia del receptor de esa pieza literario-abandonista de Puigdemont o con ella. Ignoramos aún el calado real del enfrentamiento de ERC y PdeCat y si habrá más consecuencias. Habrá o no candidato alternativo, el president Torrent dice que no y Arrimadas ni se lo piensa. Sólo Joan Tardá sugiere que la vida debiera continuar. Parece un chotis político, los bailarines especulan con sus brazos y sus piernas al son de la música, pero no se mueven de la misma baldosa (aunque un chotis es un baile sospechoso de Madrid...).

Realmente toda esta situación casi dibujaría en nuestro rostro una leve sonrisa, pero no lo llega a hacer. Hay demasiado en juego, puestos de trabajo, crecimiento económico, bienestar para las personas, progreso social y justo trato a todos. La verdad es que cada vez que se vuelve a amenazar con tomar el Parlament o acampar a sus puertas, cada vez que se insulta a quienes representan partidos constitucionalistas cuando entran o salen, cada vez que grupos de cachorros del independentismo se envuelven en esa bandera estrellada institucionalmente inexistente... Parece que no se dan cuenta de que sólo son el fruto de la propaganda y la manipulación, el resultado de un experimento social que ha manufacturado una acción que estadísticamente produce una determinada reacción neuronal y sociológica para servir a unos fines espurios. Da pena ver energúmenos, dándose a lo suyo, que han sido previamente diseñados por unos acicalados pensadores cuyo único plan es servirse para triunfar. Mañana otra vez será dos de febrero, aún queda para salir por fin de ese agujero de gusano, ese círculo vicioso. Aunque lo cierto es que el alquiler de la mansión de Waterloo es de cuatro años. En esa lujosa madriguera hay sauna y parece cómoda para una larga y estéril estancia.

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