La Rotonda

Pesadilla

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Llevamos tanto tiempo ocupados en lo urgente que no se lo estamos dedicando a lo importante. Aunque no está lejos el momento en que nos veamos obligados a cambiar de prioridades, cuando eso suceda ya no quedará mucho por hacer.

Las señales que la Tierra está dando acerca de cuáles son las consecuencias de lo que hemos hecho con ella son cada día más acuciantes. Pero son tan numerosas que ya no somos capaces de distinguir. Hay sequía, hay incendios, hay huracanes que provocan destrucción en el Caribe y fenómenos meteorológicos extraños en Europa y todo lo atribuimos al cambio climático. No se nos debería culpar por ello. La situación ha ido tan lejos que no tenemos herramientas para discernir por qué pasan unas cosas y por qué pasan otras. Es escandaloso que todos los gobiernos del planeta tengan prioridades diferentes a la necesidad urgente de cambiar de rumbo.

No hace mucho tiempo que nos vanagloríábamos de nuestro hecho diferencial climático. Teníamos días de playa a finales de septiembre o 320 días de sol al año y lo enseñábamos orgullosos al mundo como el mejor reclamo promocional. Marbella se vanagloriaba de sus dos grados menos que Málaga en verano y sus dos más en invierno, pero es posible que hasta eso esté cambiando. Hoy nadie puede estar satisfecho con haber perdido el otoño y con ver a turistas bañándose promediando octubre. Eso no es un privilegio climático, es una expresión de la catástrofe.

Los 320 días ahora son algunos más, el desierto avanza y los ríos pasan de ser cauces secos donde se acumula la basura a caudales incontrolables que se desbordan hasta que un nuevo periodo de sequía nos vuelve a hacer perder la memoria.

Aunque afortunadamente en esta parte del mundo el presidente ya se habrá arrepentido de aquella referencia a su primo el meteorólogo que pasó a los anales del cuñadismo político, en la mayor potencia del mundo sigue imperando el negacionismo. Los intereses económicos son tan potentes que ni los huracanes más devastadores son capaces de torcer las voluntades obtusas.

Parece el guión de una serie de terror futurista y nosotros, los protagonistas que ya a mitad de la temporada se han adaptado a un mundo apocalíptico. Un estudio presentado esta semana en el Foro Económico Mundial de Davos vaticina que en 2050 los océanos tendrán más plástico que peces. Ni esa cruda realidad nos compele a cambiar de hábitos ni a exigir cambios de políticas.

Somos animales de costumbres, y la única salida al nuevo paisaje parece ser la de resignarnos. La de acostumbrarnos a la pesadilla.

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