El ADN del perro

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Como a todos los malagueños que tienen un perro en la familia, me ha tocado estos días sacarle el perfil genético, para que si alguna vez se me olvida recoger la caca me puedan localizar y meterme un puro. No estoy de acuerdo con el planteamiento de la norma: será contraproducente y está por ver que las muestras tengan validez legal. Pero cumplo las leyes, porque estamos en un Estado de Derecho y en eso consiste. Ya habrá tiempo de cambiarlas, llegado el caso. Tampoco quiero que digan que voy de Puigdemont por la vida, y que nos manden a los dos (al perro y a mí) a buscar una caseta a Waterloo.

La Policía Local ha empezado ya a pedirle los papeles al personal, y si no los tiene, multazo al canto. Dicen en los foros de los animalistas, que ahora con el WhatsApp se sabe todo, que los primeros paquetes han caído por Teatinos. Allí no hay problema para decirle a una señora que va con un chihuahua de la correa: «Por favor, los papeles del león». Tiene pinta de acción ejemplarizante, para que todos los demás que vivimos en barrios medios digamos que están haciendo controles y que nos va a tocar, y corramos a cumplir con la obligación.

Ahora bien, como periodista que soy, me van a permitir que le pida al gabinete de prensa del Ayuntamiento que me avisen del día y la hora que les toque inspeccionar en según qué barrios. No voy a mencionar los que se me vienen a la cabeza para evitar estigmatizar a nadie; pero en la Sociedad Protectora de Animales todo el mundo sabe, por ejemplo, en qué zonas se siguen produciendo los casos más graves de maltrato animal. Se sabe dónde se organizan peleas clandestinas, dónde secuestran animales para usarlos como sparrings de entrenamiento. Lo que es peor, en qué estado llegan al Refugio, cuando lo hacen todavía vivos. Les ahorraré los detalles.

También es de sobra conocido en qué distritos, digamos, rurales, de la ciudad hay cazadores con rehalas de podencos. Muchas veces sin chip, sin castrar y teniendo camadas sin control. Cachorros que, en el mejor de los casos, acaban apilados en cajas de cartón a las puertas del hogar de La Virreina. Entiendo que a todos estos también tendrán que hacerles las pruebas genéticas, y la multitud de requisitos más que hay que cumplir para tener un animal doméstico. La ordenanza no dice en ningún punto que sólo se aplica a los malagueños de clase media, que viven en barrios ídem y que se limitan a pasear a sus mascotas tres veces al día. Así que, cuando les toque la visita a los otros, me avisan. Me pueden localizar por el ADN de mi perro.

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