Periodista a tiempo completo

LA TRIBUNA

Cuarenta y tres años de amistad se iban el viernes pasado camino del recuerdo, ese lugar donde se empieza otra vida. Sigamos, pues, querido Joaquín Marín, cultivando la amistad mientras no nos olviden

SALVADOR MORENO PERALTA / ARQUITECTO

El viernes pasado, y tras unas honras fúnebres en Parcemasa a una hora tórrida de la tarde, se llevaban el cuerpo del periodista Joaquín Marín hacia el coqueto cementerio de Mijas donde, tres décadas atrás y con un pudor que le crispaba el rostro para retener la lágrima, contemplaba destrozado el entierro de María Isabel, su primera mujer. Cuarenta y tres años de amistad se iban camino del recuerdo, ese lugar donde se empieza otra vida en la que también se envejece hasta desaparecer del todo. Sigamos, pues, querido Joaquín, cultivando la amistad mientras no nos olviden, porque la amistad y el amor de los nuestros -pocos- es lo único que justifica el paso por este cochino mundo. (Bueno, esto y algunas cosas derivadas, como la conversación, ese intercambio de vivencias en sintonía que nos enaltece y nos moldea ante unos cuantos gintonics.) Solíamos decir que envejecemos a golpes de ausencias; pero lo pensábamos cuando éramos jóvenes y ahora ya, a nuestros setenta años, y con el pecho descarnado de tantas ausencias, es más bien el momento de reivindicar presencias, las que otros han cincelado en nosotros haciéndonos ser lo que somos, probablemente sin que ellos se hayan dado cuenta. Y nosotros nos hemos cincelado mutuamente en muchas conversaciones en las que hemos hablado de todo, de todo, desde el día que nos conocimos.

Ya se ha glosado en la prensa de nuestra ciudad -y con palabras muy justas y bellas- lo que Joaquín ha significado para esta 'tribu' periodística en peligro de extinción como una tribu amazónica, aunque de mis largos años en el Consejo de Administración de Prensa Malagueña, editora de SUR (donde me metieron él y Juan Soto), he aprendido que los periódicos tienen más vidas que los gatos, y los periodistas de raza nunca dejan de serlo, aunque se jubilen e incluso después de muertos. Cuando nos reuníamos los miércoles de Champions y los sábados de Liga en el 'Seven' para animar al Madrid o al Málaga, Joaquín no era un hincha normal, sino un cronista deportivo al que le gustaba resumir en titulares los lances del juego; seguía siendo periodista a tiempo completo.

Nos conocimos a mediados de los setenta, cuando las circunstancias del país exigían a los jóvenes estar a la altura de aquellas, con una voluntad y un entusiasmo que hoy nos hemos encargado de ahogar. Joaquín era un hombre de letras y de lecturas, sabía latín, en todos los sentidos de la palabra, pero también sabía que si bien la duda es una virtud inherente a la honestidad intelectual, es un pecado cuando se está en el escaparate de la responsabilidad pública. Conociendo sus dudas, que solían proceder de dilemas morales, siempre me admiró que liderara con buen pulso la metamorfosis de SUR hacia una prensa libre desde la disolución de los medios del Movimiento, garantizando el enraizamiento social del periódico y su independencia frente a las presiones de aldeanos lobbies empresariales y políticos. Su prestigio le llevó a la cúspide de Canal Sur, pero ese prestigio fue también el que le apeó, precisamente por no renunciar a él. En la cadena autonómica en la que le metieron como a un hámster en un reptilario, Joaquín fue víctima y testigo de la miseria política andaluza, y creo que eso le marcó para siempre, porque ni la costra más dura te inmuniza del todo ante las canalladas. De nuevo el prestigio reapareció, y fue contratado para dirigir 'La Opinión de Málaga' en una más que honrosa decisión de este grupo, pero ya Joaquín acumulaba demasiados desengaños y, aunque tanto en la victoria como en la derrota, siguió la máxima de sobreponerse, como proclamaba Rilke, no podía evitar que se le notara un poso de amargura, como quizás se nos note a todos los de la quinta del 47, una vez visto lo vivido.

Antonio Soler se emocionaba el domingo en estas páginas con una foto de una reunión de cierre -o como le llamen- en la que el director Joaquín Marín aparecía con sus colaboradores, unos felizmente en activo, otros añorados; me acuerdo de ellos, de los redactores que no estaban en la foto, alguno también añorado, y de los tiempos del Consejo de Administración, aquel núcleo de sensatez, cordialidad y elegancia. Fue bonito mientras duró. Cuánta nostalgia para un tiempo tan reciente, quizás porque el tiempo se esté acelerando, para todo el mundo... o para nosotros. Y sí, Joaquín, claro que se envejece a golpes de ausencias, pero quién nos iba a decir, en aquellas noches conversadas hasta las tantas, recordando a un amigo común, que una de las ausencias que más nos iba a afligir y que más viejos nos iba a hacer era precisamente la tuya.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos