Pequeña embajada del huracán

Voltaje

En Málaga volvieron a inundarse otra vez las casas de unos vecinos

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Solo tengo que agradecerle a la tormenta del martes que me permitiera salir del cine después de ver 'Blade Runner 2049' y que estuviera lloviendo. Tras la experiencia inmersiva de 163 minutos que propone la película, lo mejor que puede pasarte es salir y mojarte por la lluvia antes de recorrer esas zonas industriales a las que están condenados ahora los multicines. Esta es una de las dos o tres cosas buenas que me ha dejado este temporal que era una pequeña embajada del huracán 'Ophelia', nada menos, pero que ahora ha llegado a España, a nuestras ventanas, ya convertido en una mera borrasca post tropical que los meteorólogos pronuncian con cierto desprecio, como si fuera una anécdota. Como si en realidad no fuera tan malo que nos quedáramos a vivir para siempre en una borrasca post tropical.

Los partes meteorológicos son una diminuta subcategoría de la literatura de la información cuya lectura produce cierto desdén, no como otro subgrupo enano que corresponde a las crónicas de partidas de ajedrez, y que uno puede leer y disfrutar sin tener ni idea de peones, alfiles y enroques. Hagan la prueba. Con la literatura del tiempo no pasa lo mismo, pero hoy he leído que la tormenta vino acompañada de «un gran aparato eléctrico» y entonces he imaginado imágenes de chistes malos, como la de ver caer del cielo un frigorífico, un microondas, o una pantalla curva de 65 pulgadas. Contar estas cosas no merece semejante frialdad. Los partes meteorológicos avisan pero no advierten, y en Málaga la lluvia siempre nos pilla por sorpresa. La Aemet aporta a nuestras vidas un estado permanente de alerta, bien sea por frío o por calor, y ya cada uno que prevea lo que Dios quiera. Habíamos pedido que lloviera, pero no así.

Siempre que hay descarga eléctrica acudo a un blog que acoge este periódico y que se llama para no llamar a engaños 'Tormentas y rayos'. Allí, gracias a su autor, José Luis Escudero, se descubren imágenes bellísimas de rayos cayendo como en el Apocalipsis y volvemos a caer en la cuenta de que muchas cosas que se ven en las películas o en los documentales suceden también aquí. De los 1.200 rayos que cayeron durante la tormenta, uno tuvo la capacidad de parar el tiempo: lo hizo a las 07.39 horas y paralizó el reloj de una iglesia en Carranque. De los 20 litros que cayeron en una hora, hubo un centilitro que inundó las casas de unos vecinos, otra vez, como siempre pasa sin que nadie haga nada. También hubo lugar para el detritus, y comprobar que en Málaga todo lo relacionado con lo acuático termina oliendo mal. Las aguas removieron otras aguas y el hedor a residuo emergió de sus entrañas. Pese a todo hay siempre algo melancólico en la lluvia. Cuando el agua cae, toca poner cara de catástrofe, asomarnos para contemplarlo todo como si fuera un fenómeno ajeno a nuestras costumbres. Entonces sentimos las gotas de lluvia de la misma manera en la que lo haría un replicante.

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