Pensiones

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Mi infancia no es, como la del poeta, recuerdos de un patio de Sevilla. Más bien es la imagen de unos padres trabajando de sol a sol para dejarle a mi futuro un camino mejor y más expedito que el que ellos tuvieron. Y así, mi memoria es la de un padre que exprimió hasta costarle la salud su vocación docente; que prolongaba sus semanas de colegio en sábados y domingos como educador y responsable de un internado, mientras mi madre mantenía como un reloj suizo el engranaje de un hogar al que ella contribuía con sus clases particulares de música. Y en los dos, eso sí, hubo siempre un componente de militancia emocional hacia lo colectivo: aquello de 'levantar el país', ellos que salieron, como tantos otros de su generación, de los escombros de la posguerra.

Hoy, los que venimos del baby-boom de entonces caminamos con un sistema de pensiones que está colapsado veinte años antes de llegar a nuestra última estación vital por culpa de la hecatombe económica. Y en eso tienen razón los pensionistas que se están echando a la calle. No quieren que les 'suban' la pensión. Quieren recuperar lo que han perdido en esta década larga de sacrificio colectivo, en la que se desmoronó el Estado de Bienestar y ellos, con sus modestos 400, 500 o 600 euros mensuales, hicieron el papel que los gobiernos de aquí y de allá no pudieron ni quisieron hacer mientras saqueaban la hucha común de las pensiones. Porque a muchos de ellos les tocó dar cobijo a sus hijos en paro, a sus nietos sin techo... Y gracias a ellos, al menos, no acabamos a tiros por el hambre. Y ahora, eso sí, quieren lo que es suyo, no míseras subidas. Al fin y al cabo: ¿Hay dinero para rescatar autopistas y no para que los pensionistas vuelvan a su poder adquisitivo?

Claro que cuando mis padres labraban aquel porvenir de Transición que, en realidad, era el mío, quienes dirigían el país no estaban en la cosa pública para quedarse. Eran, los de uno y otro bando, gente muy preparada y, sobre todo, con retorno, es decir, con un bufete, un aula o un comercio al que regresar cuando hubieran cumplido su servicio a los demás. Hoy, sin embargo, van saltando de carguito en carguito con el carné del partido en la boca, esperando siempre una concejalía, un escaño o, incluso, por qué no, una puerta giratoria a tiempo para evitar salir a la fría realidad donde hay que hacer ingeniería doméstica si quieres llegar a fin de mes y pagar el colegio del niño, la residencia del abuelo y la factura de la calefacción.

Algunos, además, se sientan en comisiones y plenos sin más formación que un curso de una escuela de negocios convenientemente subvencionado por el partido, eso sí. Y así nos va, con la triste guasa de que unos zánganos, algunos de ellos sin oficio pero con muchos beneficios, son los que van a decidir cómo será el futuro de nuestra vejez.

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