Pena de vídeo

JOSÉ MARÍA ROMERA

El vídeo anda por todas partes. Al chaval, de diez años, lo habían sancionado en el colegio con tres días sin autobús escolar por haber maltratado a unos compañeros, y a su padre no se le ocurrió mejor lección que obligarle a hacer el trayecto corriendo. Un método educativo como cualquier otro. La discusión sobre los estilos de crianza empieza a inclinarse del lado de los castigos, mejor si son rigurosos como esta vez. Es una reacción comprensible de padres y madres a las críticas contra la sobreprotección de unos niños que nunca han recibido un no de sus mayores y que se han vuelto intolerantes a la menor frustración. Pero lo que importa de la grabación no es el castigo en sí. En realidad Bryan Thornhill, el padre de la criatura, no ha hecho nada muy distinto de lo que de vez en cuando hace el juez Calatayud con los predelincuentes que caen en sus manos: aplicarles medidas imaginativas para hacerles recapacitar enfrentándolos a su responsabilidad. La diferencia reside en que Thornhill, un virginiano de los de antes, decidió tomar imágenes del niño corriendo bajo la lluvia cargado con su mochila (mientras él, al volante del coche, desgranaba una satisfecha perorata sobre la educación de los hijos) y difundirlas urbi et orbi. A partir de ese punto el tipo de castigo queda en segundo plano, desplazado por el protagonismo de un padre que se pone nota alta. El niño es lo de menos. Ha quedado reducido a un pretexto para hinchar la vanidad del progenitor.

De lo que se trata no es tanto de llevar al pequeño por el buen camino como de demostrar las habilidades propias, que esta vez afectan a la manera de educar pero bien podrían referirse a la destreza en la conducción o al dominio de la barbacoa. Ya sabemos que la popularización de las tecnologías audiovisuales ha traído una ilimitada plataforma para el despliegue de los egos. Lo que no imaginábamos es que en este festival de narcisismo desbocado también los niños iban a ser usados como medio. De la obsesión por librar a la infancia de todos los peligros hemos pasado a exponer a las criaturas al peor de todos ellos: el de quedar atados a unas imágenes que los señalan de por vida. Oscilamos de manera enfermiza entre el pixelado y la exhibición indecorosa de escenas que pertenecen a su privacidad y que nadie, ni sus propios padres, tiene derecho a hacer suyas. Tanto da que la foto o el vídeo muestren el rigor de un castigo o la dicha de una fiesta de cumpleaños; siempre es un delito de apropiación indebida. Antes el destino de las imágenes era el álbum familiar; ahora es internet, esa descomunal picota. A Hayden Thornhill lo ha sometido su padre al equivalente a la pena de telediario de la que tan amargamente se quejan los políticos pillados en algún lío. Es el destino de estas nuevas generaciones, las más retratadas de la historia.

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