Peluquería Marbella

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

No sé si existe un establecimiento que tenga ese nombre comercial. No pretendo hacerle publicidad. Es que el nombre de esta ciudad vende mucho y, por eso, hoteles, agencias de viaje, hospitales, pizzerías, negocios de alquiler de vehículos, campos de golf, de venta de barcos, restaurantes, agencias de seguros y tiendas varias han incorporado la evocadora denominación en sus rótulos, razones sociales, páginas web y otros signos distintivos. Así que no me extrañaría que existiese una empresa con la denominación que he utilizado para encabezar estas líneas. Me asombra la cantidad de peluquerías que han abierto sus puertas en los últimos tiempos. Para señoras, caballeros y para prestar servicio, iba a decir a ambos sexos pero ya lo de ambos no es exacto. Es verdad que el ser humano tiene muchos cabellos. Descontando a los calvos que, si son rigurosos en la denominación no tienen ni uno, se dice que el número varía según el color y así, los pelirrojos tienen unos 90.000, los morenos más y los rubios casi una vez y media. Si tomamos en cuenta un promedio, digamos de 100.000 y multiplicamos por el número de vecinos, 150.000, me parece que peinamos alrededor de quince mil millones de pelos cada día. Esto de peinar es un decir porque tampoco se lleva de manera cotidiana. Mucha gente confía en el buen gusto del viento. Con tanta cabellera parece haber campo para muchas peluquerías y esto debe ser lo que ha animado a tantos a introducirse en ese sector de actividad. Y, si contamos por cabezas, también hay una buena cantidad aunque, como decía don Antonio, de diez, una piensa y nueve embisten.

En otros tiempos, lo único que estaba abierto, además de las iglesias, los sábados por la tarde eran estos comercios, me imagino porque el personal preveía salir esa noche y quería calafatear su apariencia y verse lo más atractivo o atractiva posible. Pero hoy ya no: se sale cada noche, los jueves y los viernes no se cabe en parte alguna y, salvo en el casco antiguo, con algunas contra excepciones, cualquiera mantiene abierto su local con la esperanza de incrementar sus ventas.

Buscaba yo un lugar para desayunar –en las escasas oportunidades que lo hago fuera de casa- que comenzase a atender a primerísima hora, a ésa en que no han puesto todavía las calles y había reparado en un coqueto bar en una esquina céntrica que estaba generalmente concurrido y que daba una buena impresión detrás de sus generosos escaparates. Pues, para mi sorpresa, un par de semanas después de pasar por allí, me acerqué al lugar y me encontré que había desaparecido y que en su sitio se había instalado una elegantísima ¿adivinan? peluquería. Que, por cierto, daba la impresión de llevar allí desde siempre. Mi amigo, el del local del lado, me informó que la reforma se había hecho en catorce días y quedó preciosa.

Hay otras actividades muy concurridas. Abogados, hay para empedrar calles, como decía mi madre, pero como la publicidad que hacemos de nuestros despachos, debido al atavismo de tantos años de proscripción absoluta, es discreta no se nota la proliferación exponencial que ha sufrido la profesión. No sucede lo mismo con los dentistas que han decidido abrir clínicas a troche y moche y me perdonarán. Para atraer a sus posibles pacientes despliegan grandes carteles en los frontispicios, hacen repartir volantes a través de un incesante buzoneo en los que aparecen sonrientes jovencitos con dentaduras de cine y, a veces, unos dibujos escalofriantes con molares atornillados a la encía que sustituyen por poco precio a los que nos dio la naturaleza y hemos dejado estropear. Siempre he compadecido a estos profesionales que fueron privilegiados en época no tan lejana cuando no había facultades de odontología y era necesario cursar la carrera de medicina y someterse a durísimas pruebas para especializarse. Mi compasión no proviene solamente de la incómoda posición que deben adoptar para ejercer sino del enorme desembolso que deben efectuar para instalar una consulta. Nada que ver con la mía en que se puede comenzar con un ordenador y un teléfono móvil.

Las peluquerías también precisan lo suyo pero parece que no ha sido óbice para su multiplicación. ¿Seguirá?

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