La rotonda

Pedro, el séptimo

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

Hay dos cosas que ya nadie le puede quitar a Pedro Sánchez Pérez-Castejón: ser presidente del Gobierno y cobrar una pensión vitalicia cuando deje de serlo. Lo demás está por ver, aunque algunos no quieran mirar. Los suyos lo defenestraron en otoño y los otros lo han aupado al poder en primavera a cambio de no se sabe qué tipo de contraprestaciones. Sánchez, al que su persistencia le ha dado el fruto tan ansiado, se enfrenta a un rosal lleno de espinas. En principio, todo apunta a que su mandato no será largo por lo corto que es su banquillo, compuesto por 84 diputados. Manejar el cotarro con tanto gallo en el gallinero del Congreso será una prueba de fuego para el líder socialista, que deberá tener una mano izquierda a la altura de Curro Romero, un valor a prueba del Espartero, una habilidad digna de Messi y más suerte que Zidane. Porque, en caso contrario, entre unos y otros, se lo van a comer crudo. Aparte de que deberá negociar hasta lo innegociable, Sánchez se va a mover en un delgado alambre. Haga lo que haga, al más mínimo paso en falso, o se cae por un lado o se pega el batacazo por el otro. O sea, que lleva todas las papeleta para dar con su cuerpo de mando en el duro suelo sin que haya red que lo sostenga. Pedro VII puede ser el presidente más breve de la historia de la democracia española. Hasta el momento, de los seis inquilinos de la Moncloa que le han precedido, el que menos tiempo estuvo fue Leopoldo Calvo Sotelo: 21 meses. ¿Aguantará más Sánchez cuando amigos y enemigos lo pongan en el disparadero? Llegar, si se dan las circunstancias favorables, como ha sucedido en esta ocasión, es fácil. Lo difícil es mantenerse. Y más cuando se trata de nadar a contracorriente en un turbio mar plagado de tiburones hambrientos.

Pedro Sánchez ya ha conseguido lo que deseaba. Su nombre estará en los libros de historia que estudiarán los alumnos de la España del futuro. O de lo que quiera que sea España en los tiempos venideros. En una tesitura como la que tiene ante sí, al primer político que llega a la presidencia del Gobierno por una moción de censura hay que exigirle visión de Estado. Que defienda lo que le interesa al país en su conjunto y deje de lado sus afanes personales. Ya tiene lo que tanto ansiaba. Una vez convertido en presidente, que no trocee España ni claudique ante los separatistas, que se frotan las manos mientras exhiben lazos amarillos. Sánchez debería aplicar la máxima de la que hizo gala Magdalena Álvarez cuando era ministra de Zapatero: «Antes partía que doblá».

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