Pedir demasiado

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

La legislatura se estrecha, las elecciones municipales esperan agazapadas a la vuelta de la esquina y el carrusel de candidatos comienza a dar vueltas al ritmo de las melodías de campaña, música celestial para afiliados y un infierno en los oídos de cualquiera que carezca de afiliación política, que los hay. La palabra partido proviene de una voz latina que significa parte o porción. Su propia raíz etimológica establece la limitación de miras, pero no por eso deja de sorprender la distorsión de la realidad que padecen muchos de nuestros representantes y sus respectivas comitivas. Si preguntan por Torremolinos al PP, probablemente escuchen decir que el pueblo se cae a pedazos, que el Ayuntamiento lleva dos años y medio sumido en un naufragio administrativo del que costará tiempo salir a flote, que los turistas huyen despavoridos por el devastador efecto que la suciedad y las perversas banderas arcoíris y republicanas ejercen sobre ellos y que vecinos y trabajadores municipales rezan cada día para que regrese la vetusta mano de hierro bajo la que este encantador barrio de pescadores acabó convertido en una ciudad moderna.

Si preguntan al PSOE, en cambio, oirán que se ha esfumado el olor a pánico y represión para dar paso a la libertad, la transparencia, la regeneración y cualquier otro término grandilocuente igualmente atribuible a los efectos del mayo francés. A los socialistas les conviene hablar así, en abstracto, porque si bajaran desde ese atril hasta el pavimento se toparían con una montaña de compromisos incumplidos. Lo cierto es que nada ha cambiado tanto, ni para bien ni para mal, pero Torremolinos tiene grandes oportunidades bajo riesgo inminente de desaparición en caso de que queden reducidas a armas electorales. La necesaria regeneración del centro urbano, la reforma de la Cuesta del Tajo y de la plaza de La Nogalera, las actuaciones en enclaves como la avenida Carlota Alessandri y la Torre Pimentel, la aprobación parcial del PGOU, la remodelación de la planta hotelera o el interés intacto de Intu y Hammerson por construir el parque comercial y de ocio, una batería de proyectos en los que colaboran diversas administraciones y empresas privadas, pueden provocar una transformación real en los próximos años, con independencia de qué partido esté al mando. Para materializar la ocasión, sin embargo, resulta necesario que gobierno y oposición aparquen su permanente campaña de autopromoción, realicen un ejercicio de autocrítica y se sienten a alcanzar acuerdos. Quizá sea pedir demasiado.

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