La rotonda

Patriotismos

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Uno de los daños más duraderos, de las heridas aún vigentes, de los cuarenta años de dictadura franquista es este rubor por ser patriota. Las derechas supieron apropiarse de la rojigualda y el himno, aprovechando que las izquierdas andaban en su ensoñación de un internacionalismo utópico sin fronteras. Y, al final, quedó en el imaginario colectivo que 'lo español' era patrimonio del facherío rancio y que la libertad y la democracia nunca podrían llegar a través de la bandera. Todo lo que pasó después y buena parte de lo que sucede hoy es fruto de esa sustracción histórica que la izquierda aún no ha sabido superar. Incluso aquella soledad atroz de las viudas en los funerales de los policías y guardias civiles asesinados por ETA en la década de los ochenta venía de ahí, del miedo cobarde a que los vieran con otros patriotas, pues eso no era ni moderno ni demócrata. Hasta que, claro, la banda terrorista empezó a cruzar demasiadas líneas rojas y, entonces sí, salió la conciencia contenida de pertenecer a una patria golpeada por la exclusión criminal y la vileza. Luego, quizá por puro efecto dominó, empezó a caerse a jirones esa falsa piel de progresía impostada y los españoles nos fuimos mostrando como tal sin rubor, hasta esa catarsis en la calle que representó la victoria mundialista de la selección de fútbol en 2010.

Ahora, el delirio independentista catalán ha vuelto a azuzar viejos fantasmas. Es lo malo del patriotismo; que llevado a extremos muta en su versión distorsionada, el nacionalismo, y despierta los peores instintos. A uno y otro lado. Y no se trata de eso. En Francia, por ejemplo, han sabido consagrar la mayor revolución rupturista de Europa de los últimos 500 años. Y no vaya usted a tocarle la 'patrie' a un francés, que el orgullo nacional lo tienen del mismo tamaño que la 'Liberté, égalité, fraternité' desde 1789. Como los norteamericanos. Uno, que ha visto el Madison Square Garden en pie y en silencio sepulcral durante el 'The Star-Spangled Banner', se pregunta por qué aquí nos cuesta exhibir los símbolos. Porque, no nos engañemos, todo es simbólico en realidad. ¿No lo es también la camiseta del Che, que algunos se enfundan sin saber ni una coma de su biografía?

Yo, qué quieren que les diga. El himno y la bandera me acompañan desde que estaba en el vientre de mi madre. Es la música y el color de mis padres, de mis hijos y de mis amigos y mi familia. Es el código donde está escrita mi forma de ser e interpretar la vida, mi identidad en términos históricos y emocionales; gracias a la que hablo español, leo a Lorca, Quevedo, García Márquez, Pérez Reverte o Cervantes. Y me emociono con Falla, Serrat, Sabina o Morente. Gracias a estos colores, a esta música, sé volver la vista a mis raíces cuando lo necesito. Y sí, también al flamenco y el folclore cuando toca. Y eso no es ser facha. Es, simplemente, saber de dónde vienes.

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