El pastel de España

Voltaje

España debería haber llevado a Eurovisión su reguetón feminista en lugar de este pastel de amor romántico

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

El año pasado por estas fechas, los europeos nos sentimos un poco más dentro de nuestro continente después de que en el festival Eurovisión apostáramos por premiar una canción como la de Salvador Sobral, tremendamente acogedora, con raíces propias y melodías finas que se salían de la tónica eurovisiva llena de flash, bases en lata y purpurina. España, tras un debate sobre el supuesto tongo de su elección en el mismísimo Congreso de los Diputados, llevó el año pasado un tema que parecía sacado de un anuncio de cervezas, una estética surfera 'low cost' coronada por un 'eurogallo' en la gala fina. Quedamos los últimos. El resto de la cultura musical europea, o eso creíamos, daba un paso hacia delante y satisfecha por la derrota mínima de Marine Le Pen se inclinaba por premiar una canción estupenda como la de Sobral que, por cierto, empezará su gira española en Málaga con un concierto en el Cervantes el 27 de junio. Los que creíamos que su victoria eurovisiva iba a suponer un punto de inflexión en la calidad y las apuestas del certamen estábamos equivocados. Este año Eurovisión ha vuelto a enseñar lo peor de sí misma con una calidad absolutamente despreciable en la inmensa mayoría de las canciones, una puesta en escena chillona y con unos vestuarios absurdos hasta la médula. De nuevo Eurovisión ha vuelto a ser un encuentro gobernado con mayoría absoluta por los ciudadanos más horteras de cada país.

Portugal, que fue la única vez que resultó ganadora en las 48 veces que había concursado hasta entonces, ha participado este año envuelta en la euforia de la rentabilidad que supone ser el anfitrión de la gala; pese a que ha sido generalizado el comentario referente a su mala organización, se calcula que han tenido un beneficio de unos 80 millones de euros, aupados por la histórica capacidad de este certamen de la canción europea de engatusar a cientos de eurofans de todo el continente, dispuestos a pagar más de 1.000 euros por asistir a sus galas. Nuestra vecina Portugal ha quedado la última, y España ha llevado a dos representantes del 'cupcake' que han dado rienda suelta a la cursilería y a la ñoñez hasta límites más allá de lo soportable. Si de algo nos alegra nuestro último ridículo europeo es que puede que gracias a él dejemos de ver por un tiempo los caretos ensimismados de Amaia y Alfred haciendo exhibición de su irritante felicidad en cada uno de sus 'selfies'. También nos agarramos a la suerte de que la pobreza a lo Disney de esta canción tan nuestra haya quedado disimulada por uno de los peores repertorios de canciones que se recuerdan. Quizás esto haya sido siempre Eurovisión, pero eso no quiere decir que no pueda cambiarse. Estamos viviendo unos momentos históricos y España podría haberlo reflejado llevando el reguetón feminista 'Lo malo' en lugar de este pastel que promueve el amor romántico mediante toneladas de azúcar refinado. Otro bluff.

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