Pasión

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Entre la propaganda y la chufla, dicen que la Cataluña que conocemos no sería posible sin Andalucía. Charnegos, robaperas, vagos, alegres, malandrines y aprovechados. La etiqueta la usan no solo para el desdoro de los sureños, sino como zancos para elevarse sobre ellos mismos y tener una talla superior. Generalizar, en un sentido o en otro del bumerán, es malo y torpe. El palo acaba dando en la frente del que lo lanza. Los que tratan de desprestigiarnos tienen un complejo extraño de inferioridad camuflado de superioridad. Muchos de los que jalean a los emigrantes del sur lo hacen para ganar votos. Pasan la bayeta en campaña electoral para luego volver al tópico. Otros muchos creen en esa comunión. Lo mismo ocurre desde este lado del espejo.

Hoy los dos pueblos, si es que verdaderamente son dos y no un mestizaje disfrazado, se hermanan de un modo raro en el inicio de la pasión y el camino del Gólgota. Cantaron un hosanna prematuro las voces del soberanismo. Puigdemont se creyó un mesías sin cruz. Roma lo ataba a un imperio podrido y caduco. Prometió el cielo y también la tierra. El milagro de los panes y los peces era la calderilla con la que iba a sembrar las arcas de los catalanes. Resucitaría a los muertos. Maciá, Companys y el cojo Layret. Sin embargo, el milagro mayor consistió en crear de la nada un país, una república, y disolverla en el aire ocho segundos después. Fue más un abracadabra de casetón de feria que un milagro canónico.

Hoy los andaluces convierten el evangelio en un rito que pisa las orillas de la religión y la fiesta pagana. Un misterio incomprensible. Hoy entra la borriquilla sagrada en las ocho jerusalenes andaluzas. Mañana, aquí, el Cautivo arrastrará una corte de creyentes de un día, místicos que se mueven entre la espiritualidad más profunda y la idolatría. Más misterio para el misterio. Allí arriba, no en el cielo sino en Cataluña, todo es Huerto de los Olivos, negaciones antes y después de que cante el gallo, apostasía de la religión catalana para salir de la cárcel. Fuga. La carne de los mártires se vuelve plastilina en esas latitudes ideológicas. Ahora descubren que no era un juego. Que los leones de la carrera de San Jerónimo muerden de verdad y que la espada de la Justicia la trabajó un gitano con camisa de lunares y muy aplicado en el oficio de afilar hierros. Al mesías Puigdemont lo llamaron Judas para resucitarlo no a los tres días sino a las tres horas. Hoy, mañana y durante todo el tránsito hacia su inexistente tierra prometida cantarán plegarias falsas y salmos huecos. Su incienso y su romero tienen un tufo distinto al que se expande por estas calles. Sí, somos hermanos. Muchos andaluces y muchos catalanes. Otros, los superiores, los milagreros, verdaderamente son distintos. Que hoy estén en la cárcel es una desgracia para todos. Pero cada uno es dueño de su pasión. La suya es la de Esparraguera en versión bufa.

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