De pasada

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Las sesiones de control al Gobierno en el Congreso son, con seguridad, el mejor instrumento para medir el pulso a la vida política española. Cada miércoles, de nueve a diez y media de la mañana, desfilan por el Hemiciclo nuestro paisaje y paisanaje político, con sus personajes cómicos o trágicos, banales o profundos, y con sus tiempos de sequía o de inundaciones de acontecimientos, de calma chicha o de tempestad, de esperanza o desesperanza, porque la vida política española unas veces tiene clima atlántico, otras mediterráneo, y casi siempre continental, oscilando entre el calor agobiante y el frío que, de vez en vez, hiela el corazón de los españolitos y españolitas.

Cada mañana de miércoles, en breves combates verbales de cinco minutos, los oradores de los distintos partidos se miden con el Gobierno y ganan o pierden, unas veces por puntos y otras por K.O. Poco a poco nos vamos tomando la medida unos a otros y, superada la novedad de las primeras actuaciones, todo el mundo sabe más o menos lo que puede esperar de ciertos duelos. Por ejemplo, seguro que el portavoz en el Congreso de En Comú Podem, después de constatar cómo le está yendo los últimos miércoles en sus enfrentamientos con la vicepresidenta del Gobierno, agradece que le hayan propuesto liderar la lista de su partido en las elecciones catalanas del 21D.

Las preguntas del señor Rufian, por ejemplo, vistas por alguien que no entienda la lengua de Cervantes, le llevarían a figurarse al señor Rufián como un galán, algo pesado, que, desde las alturas de su escaño, se dirige semana tras semana a la joven mujer que se sienta en el banco azul, al lado del señor de la barba blanca, seguramente su padre, mostrándole distintos objetos, para ganarse su favor, unas veces una impresora, otras unas esposas, qué se yo, por la variedad de objetos, tampoco parece que tenga muy claras las preferencias de la dama, mientras que ella le da calabazas, semana sí y semana también, disparadas con una ametralladora verbal.

En fin, cada uno tiene sus debilidades. Una de mis heroínas es la diputada socialista por Barcelona Meritxell Batet, elegante y grácil como persona y también como parlamentaria. Me gustaría dejar constancia hoy aquí de cómo la señora Batet, el miércoles, al pasar, y casi sin que se notara, le dio una estocada mortal, obviamente en términos políticos, a la señora Colau, alcaldesa de Barcelona. Mientras preguntaba al ministro de Exteriores por sus gestiones para que se instale en Barcelona la Agencia Europa del Medicamento, que sale de Londres consecuencia del Brexit, la señora Batet recordó que, entre todas las desgracias ya conocidas, no parece que una alcaldesa euroescéptica, sumada a un proyecto secesionista, sea la mejor ayuda en una operación tan vital para el futuro económico, científico y político de Barcelona. Con un leve giro de muñeca, 'en passant', de camino que apremiaba al ministro a trabajar por Barcelona, la diputada Batet dejó su florete clavado en el corazón de la ambición ciega de una persona que no está a la altura de la ciudad que preside.

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