Sin ir más lejos

Esa parte de Andalucía

El problema ya no es de fogueo ni nunca lo fue sólo de policías y narcos en una de las zonas calientes de la droga en Europa

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La veintena de encapuchados que sacaron el pasado jueves a la fuerza del hospital de La Línea a uno de los cabecillas locales del narcotráfico han dejado claro que el guión para mexicanizar esta parte de Andalucía puede hacerse realidad con mimbres sobrados y aspirar a una serie de Netflix. La historia se repite y, casualidades de la crónica de sucesos, el episodio de las urgencias se produce poco después de que Sito Miñanco, que purgaba su tercer grado en un parking de Algeciras y en una ONG, fuera detenido acusado de estar aquí y en la Costa en las andadas de las que nunca se había ido. La realidad se acerca a la ficción peligrosa de normalizar lo inaceptable, incluida esa escena de encapuchados que hostigaron y amenazaron a una jueza al salir de su trabajo en la mañana del asalto al hospital. Sólo el despliegue policial montado en carreteras de la zona para estrechar el cerco sobre el fugado Samuel Crespo dejó diez detenidos y una tonelada de hachís en dos controles de la Guardia Civil, cifras de un paisaje familiar entre la impotencia y la tolerancia pero donde ya no cuela vender anestésicos baratos desde la política, como esa foto de las barreras metálicas clavadas hace más de un año en la desembocadura del Guadarranque. No cambiaron las cosas, como sostenía el Gobierno, porque los narcos trasladaron los enclaves de alijo y siguieron enseñándoles el culo a las patrullas desde sus planeadoras. Nos alarma el linchamiento verbal a una jueza y el rescate violento del detenido en el hospital, pero seguramente no a los policías que lo custodiaban, acostumbrados al acoso por tierra y agua y a la espiral de un tablero perverso en el que ellos y sus familias no siempre son las piezas más fuertes. Los sindicatos policiales tienen aquí, además de la homologación salarial, la batalla abierta por más medios, chalecos antibalas incluidos. La anomalía forma es la normalidad que reina en la bahía, con un status quo socieconómico quebrado por el paro y la droga como el mejor horizonte para la gente joven. La garantía más sólida de que la comarca no caerá en un devastado agujero negro es ese paraíso fiscal que paradójicamente da trabajo a 12.000 vecinos. El foco mediático está ahora allí, con una agenda más grave que las colas en la aduana del Peñón o esas patrulleras gibraltareñas y de la Guardia Civil en esa parodia menor de Trafalgar que sólo sube la factura de teléfono de la diplomacia. Junta y el Gobierno entran en acción, con palabras y con cartas, con cruce de pullas al rival en la visita al terreno, paños calientes y buenas palabras sin planes ni futuro ajo el brazo. El problema ya no es de fogueo ni nunca lo fue sólo de policías y narcos en una de las zonas calientes de la droga en Europa. Los narcos han contaminado la bahía de Algeciras pero ulsterizar la comarca contra el boyante ecosistema del delito sería sólo un parche de riesgo. El ruido lejano de verjas que viene con el 'Brexit' es una amenaza pero también, si se trabaja, una extraña oportunidad.

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