PTA

El extranjero

Esta provincia periférica ha ido superando retos que la desidia local bautizaba como imposibles

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Málaga no tuvo exposición universal, no tuvo capitalidad autonómica ni fue Capital Europea de la Cultura. Hubo decisiones políticas e intereses generales que sobrevolaron por este cielo casi siempre pintado de azul y, a veces, como en el caso de la capitalidad europea, hubo mala gestión en la candidatura y una penosa oferta final. Sin embargo, esta provincia periférica ha ido superando retos que la desidia local bautizaba desde antes de su nacimiento como imposibles. Si Málaga no fue designada oficialmente Capital Europea de la Cultura, finalmente ha conseguido convertirse en una ciudad vinculada a la cultura, con mayor impacto real que si hubiera sido bautizada oficialmente con el agua bendita de la cultura y con una oferta atractiva en ese campo trabajada a pie de obra y por cuenta propia.

El Parque Tecnológico es otro de los ejemplos más claros que se han producido en ese sentido. En medio de lo que entonces era poco más que un erial perdido en el que sólo había barro, rastrojos y algún limonero, unos cuantos individuos empezaron a levantar algo que para muchos no pasaba de ser un castillo de humo. Un lugar al que deberían venir a instalarse empresas de tecnología punta de no se sabe cuántos rincones del mundo. Aunque el PTA ha intentado estar al margen de los flujos y reflujos políticos, en su nacimiento sí hubo una decidida apuesta institucional con el inestimable aval de Pedro Aparicio a la cabeza. Y hubo nombres, como el de Felipe Romera, que están en la mente de todos. Y también el de alguien, tal vez en un plano más apartado del foco, como José Pérez Palmis.

Pérez Palmis, murciano profundamente malagueñizado, tiene en su currículum haber sido un brillante director del Consejo Social de la Universidad, 'descubridor' pionero de la nueva China e incansable luchador en favor de los más desfavorecidos en algunas de las zonas más desasistidas de la ciudad. Antes del nacimiento del Parque Tecnológico había creado ASIT (Asociación al Servicio de la Investigación y la Tecnología), una entidad sin ánimo de lucro dedicada a la creación y gestión de proyectos relacionados con el desarrollo tecnológico. Pérez Palmis y ASIT fueron unos de los pilares indispensables para la puesta en marcha del sueño, disparatado para muchos, del PTA. El disparate, puesto en marcha con ocho empresas y poco más de cien trabajadores, cumple ahora veinticinco años con más de seiscientas empresas instaladas en su suelo y con casi dieciocho mil empleados. En este tiempo de eslóganes alusivos a la voluntad como motor de cambio -We Can, Podemos, Sí se puede- el desafío que representó la creación del Parque Tecnológico es la plasmación práctica de cómo la creatividad, la inteligencia y la energía de unas cuantas personas son capaces de transformar la realidad. Además significa la apuesta clara por una ciudad vinculada a la modernidad, algo nada desdeñable cuando una serie de fuerzas contrarias se empeñan en aferrarse al conservadurismo más rancio y en no soltar el ancla del pedregoso fondo submarino del siglo XIX.

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