PARADOJAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

SEha hablado mucho y escrito más sobre el 1 de mayo y la poca asistencia a las manifestaciones que se celebran ese día. Y a las medidas de urgencia que han adoptado los sindicatos para incorporar más gente que reclama por razones que poco o nada tienen que ver con los derechos de los trabajadores. Si fuera dirigente me preocuparía porque me vería en el paro como una perspectiva cierta y no habría nadie que me defendiera. Es que no se puede argumentar la apatía del personal. Hoy se sale a la calle por cualquier causa, algunas muy respetables y las avenidas principales en las grandes ciudades se han transformado en auténticos &ldquomanifestódromos&rdquo. No hay más que ver la actividad que están desarrollando justamente los que no deberían tener actividad y la súbita indignación colectiva que ha producido una sentencia con su voto particular y todo que no había leído ninguno o ninguna de los que vociferaban. Para mal de mis pecados yo sí he leído esos mamotretos y no una sino un par de veces. Se ha puesto de moda el transformar los fallos judiciales en auténticos alardes de doctrina y erudición. Siempre he pensado que si breve, dos veces bueno.

Pero volviendo, a lo de la menguada participación, sostengo una teoría. El personal no pudo asistir a las convocatorias porque estaba en Marbella o en la carretera que conduce a esta ciudad y, claro, la ubicuidad es un don del que están dotados sólo algunos, como el alcalde de Málaga, por ejemplo. Habrá que hacerle caso a los americanos que celebran el día del trabajo en septiembre y lo hacen trabajando. El mundo entero, o casi, conmemora el acontecimiento: día del trabajo sin trabajar. Una paradoja similar a varias otras: el mejor compositor era sordo y el empresario que tenía más vista era ciego.

La fiesta recuerda a unos pobres que luchaban por algo que hoy nos parece que hubiese existido siempre: la jornada de ocho horas, en proceso de franca reducción. La teoría era que había que dividir el día en tres períodos iguales de los cuales sólo en uno se desplegaría esfuerzo. El segundo bloque se dedicaría a diversas formas de diversión y el último, a descansar. Este esquema, que no está mal, no contempla empero una de las actividades que hoy nos mantiene atareados y que no corresponde a ninguna de las partes: el transporte. Quien más quien menos dedica un par de horas a trasladarse de su casa a su puesto de trabajo incluyendo la espera del autobús o la infructuosa búsqueda de un aparcamiento. La limitación del horario de la faena, algo tan lógico, costó vidas ya que los voraces, inescrupulosos e implacables empresarios no tenían misericordia y se cuenta que hacían laborar a la clase sometida ¡hasta dieciocho horas seguidas! Dicen que el trabajo no mata pero lo cierto es que las esperanzas de permanecer entre nosotros eran bastante más breves por aquel entonces.

Hoy los trabajadores tienen menos motivos para salir a protestar. Es cierto que los sueldos son muy bajos y no alcanzan ni siquiera para pagar el alquiler que está por las nubes. Pero esa reclamación, que suban los sueldos, no que bajen los alquileres, que también, es mejor hacerla individual y no colectivamente ya que los medios con los que cuenta el pagano son limitados y ya se sabe que mientras menos bocas más nos toca. Otras quejas tradicionales se han ido resolviendo con el tiempo, las condiciones de trabajo nada tienen que ver hoy con las imperantes en los tiempos de la construcción de las pirámides, por ejemplo, la seguridad en la faena resulta hasta cansina -a pesar de lo cual sigue habiendo demasiados accidentes- las inspecciones se suceden no sé si para proteger a los asalariados o para obtener ingresos en concepto de multas y sanciones de diverso tipo. En fin. Con este panorama, renunciar a un día de descanso y empuñar una pancarta no es una perspectiva muy halagüeña. Y no digamos nada si se vive en Madrid donde se junta con otra festividad y si ambas fechas coinciden a media semana se monta un puente de mayor cuantía.

Me gusta ese día. En mi casa, por otras razones, es fiesta mayor y además, me brinda una excusa formidable para hablar con mi primo.

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