Las palomitas

Por ahora

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Ante el repentino cambio de gobierno, nunca antes sucedido de este modo, algunos actores de la sabiduría o el susurro -quizá en combinación con algún interés grupal o partidario- intentan refugiar su error de cálculo en probabilidades o mentiras. De acuerdo con la letra de la Constitución, la prerrogativa presidencial de disolver las cámaras y convocar elecciones generales cesa mientras esté incursa una moción de censura. En esta misma línea, si el Presidente dimite, la moción de censura -aparte de alguna interpretación leguleya contraria singular- decae. En estas circunstancias, el presidente dimitido o la vicepresidenta, en su caso, quedaría como presidente en funciones y tampoco ostentaría la prerrogativa de convocar elecciones. Con lo que uno de los mantras más repetidos de «dimitir y convocar elecciones» queda desmontado por completo, hay una imposibilidad legal.

Por tanto, una vez producida esta hipotética dimisión, con un presidente y un gobierno en funciones, el Rey habría de llamar a consultas a los líderes de los partidos. Tras ello, el Jefe del Estado habría de encargar la formación de gobierno al candidato que cuente con más apoyos. En este punto, aquellos que buscan descolocar responsabilidades o adjudicar a Rajoy algún tipo de reproche y fundarlo indican que habría sido factible aglutinar una mayoría en torno a otro candidato del Partido Popular. Pero la imprescindible suma -que no suficiente- de los 32 escaños de Ciudadanos no estaba disponible, por cuanto esta formación sólo estaba dispuesta a votar a un «candidato independiente». O sea, Solana, Jáuregui, Redondo, etc. y sólo para convocar elecciones. Para esta rebuscada y más que discutible aventura, algo tipo Frankenstein también, habría que contar con PNV -¿alguien cree factible este respaldo?-, Coalición Canaria, Nueva Canarias, etc. O sea, no sólo una fórmula chusca, caprichosa y cercana al adefesio, sino un tránsito inviable. Frente a este planteamiento, en el Pleno correspondiente de Investidura habríamos tenido -no se engañen más ni mientan a más lectores o dóciles oyentes- un presidente Sánchez. Ya hemos visto que contaba con los apoyos. Pero es que, además, en una futurible segunda vuelta sólo enfrentado a los 137 votos para el PP, al candidato Sánchez le bastaría con la mayoría simple; no los necesitaba a todos, algunos muy incómodos. En suma, más tiempo y muchos enredos para llegar al mismo resultado.

Cabe preguntarse, ante la tozudez de los hechos, a qué viene ese empeño repetido como el eco en trasladar aún en estos días esta especulación de la falsedad y quiénes lo hacen y para qué. Es muy curioso, pues la marcha del presidente Rajoy ha sido alabada y admirada por sus propios seguidores y por la mayoría de sus adversarios, pero hay excepciones. Quienes, aún su anuncio de abandonar la política de manera definitiva, no han sido capaces de reconocer su categoría y su figura son quizá aquellos cuyos inmensos errores han sido de concurso imprescindible y hasta claramente inductor para obtener este resultado, así como su larga minuta de corifeos.

Quizá el estruendoso espejismo de tantas y tantas encuestas, algunas fake y todas inmersas en ese decidido esfuerzo por darnos a conocer la «preverdad» -como dice el profesor Jaime de Berenguer-- les llevó a equivocarse tanto. Es encomiable, quizá desde un punto de vista más periodístico o de puro protagonismo y alguna agitación, haber llegado a ser foco de la noticia y la actualidad con tan sólo 32 escaños. La crisis, los episodios de corrupción, la inmensa minoría del hasta ahora partido gobernante, el populismo sociológico y político extendido como un lenguaje y una filosofía, el desafío separatista catalán... Todo valía para ser usado con grosería y superficialidad, amén de recetada su solución con simpleza y resuelto descaro. Pero no ha valido, no era fácil adivinar el exacto momento para dar el golpetazo, si es que ésta idea de poner contra las cuerdas era en realidad óptima o podía convenirle a alguien, desde luego no a la gente, no a España,

No estamos ante otra legislatura, ha cambiado el gobierno de la forma tan abrupta como está legislado. Nunca había prosperado una moción de censura y, a la vista está, sus procedimientos son francamente mejorables. Sánchez se asoció con casi todos y esa mayoría entre sí encontrada no tiene estabilidad alguna. El nuevo gobierno, diseñado con ciertas habilidades, algunos aciertos y bastantes apelaciones a la estética y la banalidad, ha renunciado a la izquierda y también a la capacidad de maniobra, aunque se adivinan cesiones que serán para llorar. Se busca gustar sin más, complicado será alcanzar cualquiera otra cota y más si a lo que se aspira es a durar los dos años que restan. Si no fuera tan importante para España tener un gobierno lleno de dignidad, competente y capaz, podríamos comprar palomitas.

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