Turismofóbicos

HÉCTOR BARBOTTA

Quizás porque Venezuela no genera suficientes noticias para llenar la escaleta o porque los juzgados descansan en verano, el telediario lleva varios días dedicándole largos minutos a un colectivo hasta ahora ignoto que se dedica a hostigar a los turistas. No parece que el asunto tenga entidad suficiente para activar alarmas y es posible que el fenómeno resulte tan efímero como una tormenta de verano, pero de momento mantiene entretenido al personal. No hay mejor manera que llamar la atención sobre la presencia de un enemigo para mantener prietas las filas, aunque sea al precio de dar notoriedad a un grupo cuyo único objetivo es el de conseguir fama y celebridad a costa de gamberradas. Hay villanos que resultan tan necesarios que si no existieran alguien se dedicaría a inventarlos.

Estos grupos han actuado de momento en Baleares y Cataluña y todo parece indicar que el verdadero centro de sus preocupaciones no discurre por el rumbo que está tomando la actividad turística en destinos donde parece imposible contener la masificación, sino por otras cuestiones que ocupan en estos tiempos la agenda política.

Por otro lado, han aparecido oportunistas funcionales que se desmarcan tibiamente de estas acciones para a continuación aplaudir su supuesta contribución a la apertura del debate, como si hiciera falta que se molestara a turistas que almuerzan en un chiringuito o que se lanzaran piedras contra fachadas de hoteles para que nos pusiéramos a discutir acerca del rumbo que debe tomar nuestro principal sector económico.

Es evidente que la actividad turística debe replantearse permanentemente y no dejarla inerme ante los caprichosos vientos del mercado. La desregulación no es una buena política en un sector acechado por un lado por las externalizaciones salvajes y, por el otro, por una avalancha de demanda que hay que saber encauzar selectivamente para evitar morir de éxito. Pero se trata de un debate que ya estaba abierto desde antes y al que los gamberros sólo han aportado una legitimación, por rechazo, de las posiciones más inmovilistas.

Hay quien sostiene que aquí en el sur no puede haber turismofobia porque no tenemos una actividad alternativa. Es una verdad sólo parcial, porque la causa de fondo es bien distinta. Desde los fenicios hasta ahora llevamos algunos miles de años recibiendo visitantes. Nunca hemos rechazado al que venía a aportar algo. Nuestra sonrisa ante el viajero es ancestral. Es lo que nos diferencia de los paletos disfrazados de modernos.

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