LAS PALABRAS PRIMAS

Línea de fuga

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Vino al mundo de madrugada. Al viejo mundo. Y lo primero que hizo fue meterse en un bar de Sevilla para tomar un café y algo de comer. Le respondió el camarero y ha olvidado sus palabras, pero en la memoria mantiene viva la impresión que le causaron. Porque allí estaba el gato Jinks que perseguía a Pixie y Dixie, el buitre que ayudaba a Mowgli en 'El libro de la selva', el perro de Los Aristogatos. En las películas de romanos que veía de niño en Lima, los personajes musculosos hablaban «como los curas del colegio»: castellano de Castilla. Y de repente, al otro lado del charco, molido y ojeroso después de un viaje de miles de kilómetros, descubrió que el español, como el verso de Walt Whitman, contiene multitudes.

Quizá por eso, de un tiempo a esta parte, cada vez que regresa a Perú le sueltan casi a modo de pequeño reproche de abandono que ya habla con un español y, sin embargo, cuando anda por acá nadie le cuestiona sobre de dónde viene. Podría decir Lima, Japón, Sevilla o Pedregalejo, el lugar donde le gustaría jubilarse y que le recuerda a algunos recodos de mar en Puerto Rico y en Cuba. «He nacido muy lejos, pero creo que me estaban esperando», comparte con una media sonrisa Fernando Iwasaki, que sueña despierto con una mesa en El Cabra o Miguelito El Cariñoso. Iwasaki escribe novelas, cuentos y prólogos con la sabrosura gustosa de quien ama las palabras y las emplea con amor y humor. Iwasaki acaba de ganar el Premio Málaga de Ensayo y no se sabe bien si el premio es para él o para el currículo del galardón.

Habla Iwasaki y trenza historias con una naturalidad sólo al alcance de talentos muy trabajados. Recibe Iwasaki el premio por un libro quizá titulado 'Las palabras primas'. Primas como las cifras. Primas lejanas a uno y otro lado del Atlántico en un viaje de ida y vuelta. Cuenta Iwasaki la vida de las palabras como un relato de aventuras. Cuenta Iwasaki, por ejemplo, que 'chévere' no llegó de la mano de 'Topacio' y 'Cristal', sino que nació en Valladolid en el siglo XVI, viajó hasta América en la boca de los castellanos de entonces y allí se mantuvo con la vida que aquí le faltó hasta regresar con los culebrones ochenteros. De relatos como ese va el libro que ha ganado esta semana el Premio Málaga de Ensayo, como el de Novela, rescoldo que aquel Instituto Municipal del Libro que se cargaron en el Ayuntamiento para satisfacer a Ciudadanos en una merienda de negros a base del chocolate del loro.

Da la ciudad nombre y cobijo a un premio de novela y otro de ensayo que encuentran su mejor reivindicación en la relación de premiados. Pablo Aranda, Eva Pérez Díaz, Sara Mesa, Eduardo Jordá y ahora Antonio Fontana entre los narradores; Vicente Luis Mora, Remedios Zafra y ahora Fernando Iwasaki entre los ensayistas, estos últimos editados por Páginas de Espuma, cuyo catálogo nos sigue dejando como al perro de Pavlov.

'Ajuar funerario', 'Helarte de amar' y 'España, aparta de mí estos premios' han sido algunos de los libros de Iwasaki que ha dado a la imprenta la editorial de Juan Casamayor, que hace un par de meses recibía el Homenaje al Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara. Y gusta el premio desde el nombre, porque tiene mérito mantener durante casi dos décadas una editorial independiente capaz de ofrecer descomunales empresas como los cuentos completos de Chéjov, Poe y Zola junto a maravillas de la distancia corta como 'Hombres felices' de Felipe R. Navarro, 'Alumbramiento' de Andrés Neuman y 'Siete casas vacías' de Samanta Schweblin, por citar algunos ejemplos a puro golpe de memoria gozosa.

Como gozoso es leer y escuchar a Iwasaki, que escribe sobre las orillas del español y reivindica el andaluz como el habla más dinámica y creativa del orbe hispano. Un idioma capaz de incluir en su diccionario académico el verbo 'cantinflear'. Porque más que el esplendor, a Iwasaki le preocupa que la Academia limpie, que borre palabras con la coartada del desuso. Porque ahora todo es algoritmo y en algún sótano oscuro una máquina comprueba los vocablos que se manejan y los que no. A los primeros les da puntos y a los segundos los va dejando caer en el olvido, hasta que el corrector automático del procesador de textos los subraya en un oleaje bermellón como a un sospechoso de ser inventado.

Cuenta Iwasaki esta historia y uno duda si es real o inventada. Y da lo mismo. Porque es algo mejor: es mágica. Y luego se ofrece Iwasaki como mecenas de palabras para que no mueran. La suya es rosicler, el tono rosáceo del cielo justo antes de amanecer. Como si lo estuviera viendo sentado en un espigón de Pedregalejo.

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