Por ahora

Pagaza

«...Pronto estaré muerto... Ay madre qué miedo tengo. He de salir a la calle, afuera me esperan ellos, los que desean sangre. Ay madre, me han de matar y no puedo evitarlo. Mi grito de libertad lo acojan los ciudadanos...»

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Hay un grito de dolor, que no cesa. Es un dolor sin consuelo, una sensación de daño que se agudiza como un estilete cada vez que se quiere tapar su recuerdo, justificar que ello ocurriera o el abominable ejercicio del perdón convenido y ajeno. Maite Pagazaurtundúa -que mantiene viva la memoria del terror y la ignominia- es una mujer real, valiente, sensible y dolida para siempre por el asesinato de su hermano, el Sargento de la Policía Municipal Joseba Pagazaurtundúa, hace ya 15 años a manos de ETA. A las 9.55 de la mañana, mientras desayunaba, fue asesinado en el Bar Daytona (Andoaín) por los terroristas. Joseba Pagaza estaba amenazado, sus cartas de despedida muestran no sólo su desesperación, miedo o hasta su nostalgia por las inmensas ausencias que le traerá la muerte, también su reproche.

La muerte llega siempre y lo hacer por mil caminos. La muerte es parecida a la muerte, a todas las muertes; es imposible no mirar con ira a las causas que arrebatan la vida de quien quieres. Por eso nadie debería robar el hálito vital de sus semejantes por ninguna causa. El extraordinario daño causado por los terroristas etarras durante tantos años no tiene encaje político ni social y es hora de decirlo una vez más con firmeza y razón. Ninguna identidad nacionalista merece la sangre vertida, la barbarie es fruto de una visión enferma del ser y la convivencia. No hay palabras ajustadas a la gravedad de lo ocurrido y es interminable la lista de los muertos, de los heridos, de los amenazados, de los dolidos, de los que ya siempre recordarán el miedo y el terror.

Quizá por ello, los asesinos, los que les acompañaron, los que les comprendieron, los que les aplaudieron o les entregaron una corrompida o descompuesta corona de laurel, esos... No pueden hablarnos de democracia ni de derechos humanos, ni dar lecciones de nada. Sin embargo, ahí siguen. Aún hay quien agasaja a Otegui, le llama hombre de paz o da cobertura a su personalidad delirante o a su selectiva y manipulada memoria absurda. La primera memoria es la más próxima, es todo tan reciente que sus hechos y detalles no pueden ser deformados, alterados o manipulados. Quizá por eso imponen el silencio, callaron en Andoaín sobre el asesinato de Pagaza, callan muchos aún sobre la muerte violenta de los muertos por capricho y deseo de los identitarios enfermos. Calla la ETA sobre su disolución y algún corifeo hasta lo explica, lo ordena, lo pone en valor y hasta ensalza que ahora ya no mate. Nunca debería nadie banalizar el mal ni minimizar su origen, tampoco intentarlo desgajar de sus terribles pruebas. Si maldad a secas fueron la guerra civil y la muerte, justificadas en que unos eran esto y los otros aquello, si la infamia ilustró al nazismo racista y cruel para eliminar al supuestamente diferente, si versar la identidad más histérica, genética y formal, lleva a la muerte, hora es ya de abandonar la endogamia hostil y ciega. Tiempos son de aprender la lección e intentar entender a aquel que ignora los pasos de nuestro ancestral baile regional.

«...Pronto estaré muerto. El alma se me escapa trozo a trozo cuando veo otro asesinato. Ay madre qué miedo tengo. He de salir a la calle, afuera me esperan ellos, los que desean sangre. Ay madre, me han de matar y no puedo evitarlo. Mi grito de libertad lo acojan los ciudadanos... Un beso a mi esposa (que frío). A Titi. Te amo, pero no puedo expresarlo. Soy un cateto. Un abrazo a mis hijos. Os quiero, no me olvidéis. ¡Ama, qué paciencia! Como Titi...». Así lo escribió Joseba Pagazaurtundúa Ruiz poco antes de morir asesinado por su conocida militancia antietarra a los 45 años. Jefe de la Policía Local de Andoaín. Nacido en Hernani en 1957. Casado, con dos hijos. Militante del PSOE, en su juventud tuvo simpatías nacionalistas y en el entorno de Eta político-militar. En el seno de la Ertzaintza trabajó en comisión de servicio. Obligado a volver a Andoaín por estimarse que habían desaparecido las amenazas de ETA, sufrió su acoso hasta morir de cuatro tiros a bocajarro en la cabeza, el hombro y el estómago. El Ayuntamiento de Andoaín, gobernado por Euskal Herritarrok, nunca condenó el asesinato hasta un año después en el que, con otra corporación, se le concedió la Medalla al Mérito con los votos a favor de PSE, PP e IU y los votos en contra del PNV-EA.

Es éste homenaje a Pagaza, a Gregorio Ordóñez, a Miguel Ángel Blanco, Martín Carpena, a Alberto Jiménez Becerril y Ascen, a Enrique Casas, Fernando Mújica, a Jiménez Abad, a Broseta, a José Francisco e Ignacio Mateu, a Ernest LLuch, a Francisco Tomás y Valiente, a Luis Portero... (Así una larga lista de más de 1.000). A todos. A todas las víctimas asesinadas por la canalla mano terrorista de ETA, a los heridos, a los familiares, a la sociedad española que sufrió la amenaza, el terror y el miedo.

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